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Es con Duque

Español
Columnista: 
Rafael Guarín
Fecha: 
08 de Marzo de 2018

Hay que pasar la página. Colombia no puede seguir viviendo de lo que digan, hagan o representen las Farc. Hoy debemos concentrarnos en construir una agenda que transforme positiva y profundamente al país, lo que no significa que las cuentas por pagar de los camaradas no sigan siendo aspecto fundamental para una paz justa.

 

El peligro que tenemos ahora es otro. La nación corre el riesgo de caer en el peor de los abismos. El eje de las preocupaciones ciudadanas ha cambiado y en hora buena el reproche a la política y a los políticos tiene mucho más espacio para hacerse escuchar. La cuestión es que el populismo que pretende representar esa inconformidad es mucho más devastador para la democracia y las libertades que las Farc.

 

Si la política la secuestraron los políticos y los políticos son los responsables del mal funcionamiento de la economía, la corrupción, el abuso y el clientelismo, luego, la conclusión sencilla, es que son los culpables de las dificultades para conseguir empleo o un buen empleo, acceder a educación de calidad, responsables de que el sistema de transporte no funcione,  el campo esté quebrado, la inseguridad asalte en las esquinas o que cada vez sea más difícil mantener el nivel de vida al cual se llegó después de años de esfuerzo.

 

 

A eso se debe agregar otro enemigo de la sociedad. Los que tienen más. No los ricos, sino los que tienen más, sean los estratos altos o la clase media, depende de dónde esté ubicado quien comparte esa idea. Para los populistas no importa si existe una historia de duro trabajo y sacrificio, lo que importa es que quien tiene más lo mantiene a costa del resto de la sociedad y eso es intolerable e injusto. La propiedad vuelve a ser el obstáculo para la igualdad y objeto de todos los ataques.

 

 

El populista apela al viejo discurso del antisistema. Es efectivo y se ha demostrado en muchas partes del mundo. Alguien tiene la culpa de las cosas que no están bien o que se percibe que no están bien. Alguien tiene que responder y pagar por la frustración individual y colectiva. Las emociones son el motor de esa forma de hacer política que se disfraza de antipolítica.

 


 
 

La clave está en dividir a la sociedad con odio y explotar el resentimiento. Detrás de la violencia petrista y de los gritos de muchos de sus seguidores, hay sobre todo emociones que se traducen en afán destructor. No hay que construir sobre lo construido, sino destruir todo para refundar a la nación a su imagen y semejanza.

 

El gobierno que termina preparó las cosas para que el discurso populista tenga credibilidad y los ciudadanos lo acojan. La corrupción  de la “mermelada”, la voracidad de los congresistas frente al presupuesto, la elección del propio Presidente de la República con dineros relacionados con los sobornos, la propagación de carteles de robo por todo el país y en todas las actividades, el despotismo de Santos al calificar a millones de colombianos como enfermos mentales, su absoluta desconexión con los problemas corrientes de la gente, su visión excluyente y clasista del poder, en su conjunto, hace que millones de colombianos repudien cada vez más lo que Santos representa: el establecimiento. Por esa vía el discurso populista cala fácilmente.

 

En materia institucional las cosas están servidas: Santos acabó con el principio de separación e independencia de poderes, corrompió los tribunales, al punto que magistrados de la Corte Suprema de Justicia se convirtieron en capos del crimen, sobornó el Congreso, dividió una sociedad que estaba unida contra el delito e instaló un nuevo discurso justificador del delincuente, defendió la impunidad y puso por encima los derechos de los victimarios sobre las víctimas. Desquició por completo el Estado de derecho. La Constitución en ese contexto no resiste un puntapié petrista.

 

¿Qué hacer? La respuesta a esa amenaza no puede ser una extrema derecha recalcitrante e igual de peligrosa a Petro, tampoco un candidato de maquinarias politiqueras. Lo que se necesita es un líder con una propuesta de centro, constitucionalista y que defienda la libertad. Debemos retornar a la legalidad, promover el emprendimiento y lograr una sociedad con equidad. Solo un liderazgo limpio, pulcro, constructivo, capaz, audaz, que convoque a la concordia, puede conquistar la confianza ciudadana y hacer una transformación profunda, pacífica y democrática para bien de todos. El único que puede hacer eso y derrotar a Petro es Iván Duque.

 

 

Sígame en Twitter: @RafaGuarin

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