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(In)gratitud en perspectiva

Español
Columnista: 
José Manuel Acevedo
Fecha: 
09 de Abril de 2018

Por: José Manuel Acevedo

Publicada en: SEMANA

 

Este no es un país de ingratos, como dice Héctor Abad, sino una nación de sectarios incapaces de mirar en perspectiva.

 

Escribe Héctor Abad que somos un país ingrato. Lo dice porque cree que la despedida que los colombianos le damos a Juan Manuel Santos no es digna de su obra. Con cifras en mano Abad muestra, por ejemplo, que la tasa de homicidios al final del gobierno Uribe era de 34 por cada 100.000 habitantes mientras en el Gobierno Santos ese número corresponde a 24. También afirma, entre otros, que la tasa de desempleo al final del Gobierno Uribe llegó al 11,7  por ciento, mientras en el epílogo del mandato de Santos se encuentra en el 9,2  por ciento.

Las cifras resultan ciertas y alentadoras pero el análisis del escritor y columnista minimiza otros hechos que, vistos en perspectiva, permitirían decir que el gobierno de Uribe no solo no fue la pesadilla que él relata sino que se convirtió en materia indispensable para que Santos pudiera hacer lo que Abad tanto pondera.

Si Héctor hubiera querido ser más comprehensivo (y justo) en su lectura de los hechos, habría reconocido que de 2002 a 2010 Colombia pasó de una tasa de 67 homicidios a una de 34 por cada 100.000 habitantes, lo que constituye una reducción más que significativa, equivalente al 48 por ciento. Si el pequeño lente por el que mira Abad se hubiera expandido un poco, habría admitido sin problema que la disminución del desempleo en la era de Uribe también fue ‘heroica’ en algunas ciudades en las que alcanzaba el 20 por ciento y se redujo progresivamente hasta llegar a menos del 12 por ciento.

Si Abad, hubiera dejado los odios que tanto critica y valorado objetivamente el desempeño económico del gobierno que desprecia, tendría que haber comentado que el crecimiento promedio entre 2002-2010 fue de 4,6 por ciento llegando incluso al 7,5 por ciento en 2007, mientras en el gobierno de Santos el crecimiento promedio fue de 3,1 por ciento y en 2017 apenas del 1,8 por ciento.

Más aún, si él y otros opinadores y políticos hicieran el ejercicio de despojarse de sus prejuicios y reconocer ciertas virtudes en medio de los defectos de quienes critican, tendrían que aceptar que sin los ocho años de seguridad democrática hubiera resultado imposible sentarse a negociar con las Farc y firmar, en efecto, un acuerdo de paz, imperfecto y criticable pero solo alcanzable gracias a un evidente debilitamiento militar de la exguerrilla que llegó a La Habana en una condición distinta a la que tenía antes de 2002.

Si Héctor Abad tuviera un concepto de gratitud en perspectiva, hubiera criticado los desaciertos del gobierno de Pastrana -como lo hizo en su columna- pero le habría reconocido con objetividad que gracias a su Plan Colombia, las Fuerzas Armadas quedaron mejor preparadas y que en buena parte por la obsesión del expresidente Pastrana de restaurar las relaciones internacionales que recibió deterioradas, hoy Colombia no es el paria de mediados de los 90.

¡Qué país distinto tendríamos si dejáramos a un lado las etiquetas maniqueas, los adanismos de los políticos y la irracionalidad de algunos opinadores que ven odio en los otros pero son incapaces de reconocer sus propios rencores! 

Por eso creo que este no es un país de ingratos, como dice Héctor Abad, sino una nación de sectarios incapaces de mirar en perspectiva y de construir sobre lo construido.