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Al miserable dos por ciento

El Banco de la República parece a veces una dependencia del Gobierno Nacional. Y le ha dado por parecerse siempre en aquello de mentir por disciplina y engañar por el gusto de hacerlo.

Cuando empezaba este año de 2016, el Banco anunciaba un crecimiento económico cercano al 4%, que era la cifra que más le gustaba al ministro de Hacienda.

No tardó mucho en moderar su previsión, para ubicarla por los alrededores del 3,5%. Dijimos que a ninguna parte llevaba ese optimismo, pues que todos los indicadores apuntaban a que no creceríamos al 3% en el año, con perspectivas muy serias de que termináramos en la vecindad del 2,5%. El Banco se quedó con el 3%, endulzándolo con la noticia de que sería de los mejores crecimientos de América y aún del mundo.

Cuando todo se desbarajustaba y la economía se mostraba tan débil, empezamos a manifestarnos por un pésimo crecimiento que no llegaría al 2%. El Banco de la República insistía en el dos y medio, aún cuando entidades multilaterales de crédito pronosticaban la cercanía con nuestro parecer del dos.

Pues acaba de aterrizar el Banco en el dos por ciento de crecimiento del PIB, mediocre meta que tampoco se alcanzará. Pero las noticias hay que darlas despacio, a cuentagotas, que tal vez así dañen menos la imagen sacrosanta del Banco Central.

No andamos en estas cuentas para limitarnos a decir que el quite a la verdad se volvió práctica endémica de las autoridades colombianas. Es mucho más que eso. La caída del desarrollo económico nos pone en los límites de un desastre social.

Fue Pablo VI, en la encíclica Populorum Progressio, el que tuvo la perspicacia y el valor de decir que el desarrollo económico era el nuevo nombre de la paz. Para los promotores de sistemas económicos fallidos, de esos que creen que puede haber tranquilidad social sin multiplicación de la riqueza, la admonición papal cayó como baldado de agua fría. Pero las palabras del pontífice retumban en la arena política de nuestro tiempo.

El crecimiento es la clave de todo el proceso económico y la condición del equilibrio y el desarrollo social. Por supuesto que sin crecimiento no hay empleos nuevos, como cualquiera lo entiende, pero tampoco hay espíritu de inversión, toma de riesgos, voluntad creativa. Y todas estas circunstancias pegan más duro en los países pobres que en los ricos. Los ricos invierten poco o desinvierten. Los pobres ven cómo se multiplica lo que llaman la deuda social y cómo se alimentan los trastornos sociales, cómo se multiplican la delincuencia y la inseguridad, cómo crece la fuga de capitales y cómo se abren espacio las aventuras populistas. El que ofrezca cualquier cosa es oído en tiempos de esa melancolía profunda en que consiste la contracción económica.

No hay oportunidad ni espacio para debatir los motivos recesivos de una economía. Pero anticipemos que el gasto público desbordado es una de sus variables más salientes. El gasto se convierte en un peso que el aparato productivo no soporta. Pero al tiempo, es el peor consejero de las políticas monetarias. Porque acosados por los malos indicadores y por la inestabilidad y el inconformismo, los malos gobernantes suelen tomar el camino de los gastos mayores, con la disculpa de que son indispensables para acudir a la satisfacción de necesidades comunitarias inaplazables. Y vuelve el ciclo. La expansión artificial genera más problemas, sin que solucione ninguno, y esos problemas se tratan de tapar con más valuta en la calle y más demagogia en el lenguaje y la acción de los gobiernos. 

Por supuesto que las cosas pueden empeorar. Así cuando un Gobierno inepto resuelve tratar el enfermo a golpes. Dándole, por ejemplo, una soberana paliza con nuevos impuestos.