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Colombia no se rinde

La gira del expresidente Uribe la última semana por los Estados Unidos no pudo ser más oportuna. Era imperativo que, después de la romería de Santos y sus paniaguados para enterrar el Plan Colombia, una voz con su autoridad les hiciera llegar a los norteamericanos una visión diferente, veraz, de lo que sucede en nuestro país.

 

Pero sobre todo atinó el expresidente en enfocar sus intervenciones y denuncias en los dos asuntos claves que dominan la situación política y de seguridad de Colombia en la presente coyuntura: de un lado el proceso ignominioso de impunidad y empoderamiento de los mayores asesinos de nuestra historia, revestido de cruzada por la “paz”, y de otro, la feroz persecución contra la principal fuerza de oposición, el Centro Democrático, y contra quienes se oponen a la funesta entrega que se adelanta en La Habana.

 

Pero Santos no tolera que se le controvierta, y menos en el exterior. No se imaginó Uribe que a la larga lista de atropellos contra numerosos amigos y colaboradores suyos, que relató ante la CIDH en Washington para solicitar medidas cautelares, se le sumaría, cuando aún se encontraba en la capital estadounidense, la detención arbitraria de su hermano Santiago. No había ningún hecho nuevo –dentro de un proceso del cual ya fue exonerado hace años-, ni reticencia de Santiago a presentarse ante las autoridades judiciales, pero la eficaz y muy productiva gira del expresidente en Estados Unidos merecía un escarmiento, en lo cual es especialista la dupla Santos-Montealegre. Un hecho como ese genera indignación y tristeza, claro está. Pero en lo que se equivocan de plano sus promotores es en creer que con semejantes ultrajes lograrán doblegar la voluntad de lucha de quienes constituyen la talanquera principal para detener la capitulación.

 

Aunque la doble cruzada persiste, de impunidad para los terroristas y persecución para los opositores, la resistencia popular es cada día más vigorosa.

 

Dentro de los usuales zigzags y volteretas a que nos tiene acostumbrados el primer mandatario, reinició sus tareas funestas la mesa habanera. El oso de Conejo fue aceptado por Santos sin siquiera sonrojarse, luego de sus ultimátum ridículos, aceptando inclusive la grotesca burla de alias Santrich, quien se vanaglorió en Twitter de semejante afrenta al pueblo colombiano. Apenas reiniciadas las reuniones de los “plenipotenciarios” ya se anunciaron nuevas jornadas “pedagógicas” en Colombia de los sediciosos, con población civil “invitada” por la guerrilla (como acaba de denunciar Uribe que se prepara en la vereda Buenos Aires, en el Cauca, donde se produjo la masacre de soldados hace unos meses); el único “ajuste” que a tamañas tropelías se le ocurrió al gobierno, ha sido prohibir terminantemente que la prensa se haga presente, para que el país no conozca la magnitud del abuso ni se repita el estrépito de Conejo. Santos, sin vergüenza alguna reconoció en estos mismos días, que no descartaba permitir algún tipo especial de proselitismo por parte de la guerrilla, antes de que se firmaran los acuerdos finales y “dejaran” las armas.

 

Ya está claro, porque así lo dispusieron las Farc, que no habrá firma de los pactos el 23 de marzo. Gagueando, como es usual en él, Santos lo ha admitido. Alias Iván Márquez, la autoridad mayor, que despacha desde Cuba, ratificó el aplazamiento anteayer en uno de sus alambicados comunicados. Si acaso por allá a finales de año habrá una conclusión de los diálogos, señaló el facineroso. Faltan por  finiquitar temas de gran calado, que no se pueden absolver en unas horas o unos días, pareció insinuar.

 

Para que no quedara duda sobre las importantes materias que los ocupan, en tono dogmático Márquez nos aleccionó de la siguiente manera. Solo quienes conspiran en La Habana, “quienes han construido los acuerdos”, están en “condiciones de interpretar el espíritu y la letra de los mismos”; el resto de los colombianos somos una manda de imbéciles, destinados solamente a acatar ese cenáculo infalible. Solo ellos, continúa don Iván, podrán “concebir los diseños institucionales y los recursos fiscales necesarios para su efectiva implementación mediante un plan específico”. Cumplir con esos requerimientos –rediseño institucional del país y determinación de los recursos fiscales para tamaña revolución- será “condición ineludible” para “aproximarnos a la firma del Acuerdo final”. Rubricarlo, en todo caso, apenas será “dar inicio” al “fin del conflicto”. De allí en adelante se deberán “establecer etapas” de “materialización verificable”. Solo en esas circunstancias, de cumplimiento por etapas de la entrega, “adquieren sentido” las pretensiones de “cese al fuego y las hostilidades” y la “dejación de las armas”.

 

Diáfano, claro. Los acuerdos pactados en La Habana serán intangibles, inmodificables. Ha vuelto a tomar fuerza el rumor de que se discute la fórmula de elevar tales documentos a la categoría de “acuerdos especiales”, al tenor del artículo tercero de los Protocolos de Ginebra, para que no requieran refrendación alguna en el país. Los “plenipotenciarios” reunidos en Cuba se convertirían así en una especie de Constituyente de bolsillo, que asaltaría en secreto y desde fuera del país nuestra ya descaecida Carta Política. Las Farc, con el eficiente apoyo de los amanuenses del gobierno enviados a Cuba, serán no solo los gestores de este golpe de mano, sino sus únicos intérpretes. Ellos definirán nuestro futuro institucional, y el cambio será financiado por nuestros recursos, pero en las cuantías que ellos dispongan (la sola JEP, destinada a lavarles su pasado criminal, según relata la prensa hoy, costaría más de dos billones de pesos). En lugar de concentrarse la guerrilla y entregar las armas con verificación internacional, será ella la encargada de verificar que se materialice la entrega, en las etapas que haya definido, so pena de no poner en marcha el cese del fuego ni la “dejación” de las armas. 

 

En desenredar esos complejos asuntos están ocupados. El plebiscito, como antes el referendo, quedó sepultado, al menos por este año. Así a la mayoría de los colombianos todo eso le caiga muy mal, Santos proseguirá con su patraña, improvisando cuanta falacia requiera, y apelando a las armas más rastreras que podamos imaginar. Nuevos ataques como el asestado a Uribe con la detención de su hermano se repetirán: ahí está la lista de amenazados, desde Francisco Santos, pasando por el mismo Oscar Iván Zuluaga o su hijo, siguiendo con José Obdulio Gaviria, y hasta el mismo Procurador Ordóñez, que no tiene su cargo asegurado. Con el estímulo abierto y desafiante de las Farc para proceder contra ellos. El fariseo de Santos reitera la separación de poderes y el respeto a la oposición, pero no pasa un minuto sin que él mismo, o sus ministros, o los congresistas de la Unidad Nacional, la emprendan a sombrerazos contra el uribismo. Montealegre, siempre adelante de su jefe, ha dicho que hay que proceder a montar el andamiaje de la JEP aún antes de que se formalice o legalice. La verdad es que ya está en marcha: la persecución judicial a la oposición política democrática, a la vez que el cese de las órdenes de captura y la autorización a la actividad política armada de los criminales, están en su furor. ¿Si eso no es el comienzo de la JEP, qué es?

 

La única lógica que mueve a Santos es su vanidad personal, para sacar adelante la histórica misión que cree encarnar, dizque para ser recordado como el presidente de la “paz”, así ésta no sea más que una burda entrega del país a sus peores enemigos. Aunque fantasiosamente pregone el amplio respaldo que conseguirá cuando todo se firme, la cruda realidad es que con cada día que pasa el desencanto y rechazo de la opinión pública a tan peligrosa apuesta se acentúa y profundiza. Esas dos corrientes opuestas presagian un choque funesto: el empecinamiento oficial en la traición a la patria y la renuencia tenaz de las mayorías nacionales a aceptarlo.

 

Colombia no aceptará ser conducida a una situación tan calamitosa como la de Venezuela. El despertar de la resistencia civil es evidente, se palpa en todo el territorio, y se habrá de expresar con vehemencia, en un primer paso gigante, con las movilizaciones masivas del 2 de abril. Ya empieza a tomar fuerza, como en Venezuela desde hace un tiempo, la petición al presidente de que renuncie. No es una consigna pasajera, sino el deseo profundo de millones de colombianos, que observan con estupor cómo el país se desmorona en manos de una pandilla de dirigentes perversos e ineptos. Aquí también, como en Venezuela, llegará el momento en que no valdrán tretas, amenazas, coimas, fraudes, mentiras, cárcel, y la voluntad popular se impondrá, cueste lo que cueste. Colombia no se rinde: que lo sepan Santos y las Farc.