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Como vamos… ¡vamos mal!

La tragedia en la que se encuentra sumida la hermana República de Venezuela, y que, aunque cuesta trabajo decirlo, lejos está de resolverse, es el espejo del que no debemos apartar la mirada los colombianos, porque de seguir por donde vamos, acabaremos en las mismas o, quizás, peores condiciones.

 

El desastre venezolano que, como todos los fracasos sociales, gravita en los hombros de unos individuos extremadamente ambiciosos, con una apetencia de reconocimiento patológica, que con tal de alcanzar sus propósitos personales no han tenido vergüenza en recurrir a cualquier argucia y, bajo el ropaje de unos presupuestos ideológicos radicalizados, han arrastrado a esa sociedad a escribir, tal vez, una de las páginas más amargas de su historia.

 

Si bien es cierto que Venezuela, como casi todos los países latinoamericanos, ha padecido siempre de los problemas inherentes a las grandes injusticias sociales que se derivan de gobiernos con políticas económicas infames, es cierto también que desde que terminó la dictadura de Marcos Pérez Jiménez (1952 hasta 1958), no se veía abocada a una situación tan sumamente delicada.
 

 

Catorce años de represión disimulada mediante la idealización de las masas populares, llevando a cabo elecciones (obviamente manipuladas) para mantener la apariencia democrática, sosteniendo el traqueado y por demás mentiroso discurso comunista de la igualdad, tomando medidas populistas (regalar casas, mercados, etc.), exacerbando el odio al famoso imperialismo y achacándole la causa de todos los males a "oscuras fuerzas" de la derecha (¡qué cantidad de coincidencias…), fueron suficientes para llevar al país más rico de la región, al que con su renta petrolera podría permitirle a la totalidad de su pueblo un nivel de vida comparable con el de cualquiera de los países más desarrollados del primer mundo, a la ruina total. Un país donde reina el hambre y carecen de los mínimos elementos y servicios para llevar una vida decente. 
 

 

Podemos imaginarnos, entonces, lo que nos espera a los colombianos si permitimos que el individuo que, con tal de llegar a la presidencia y hacerse acreedor al premio Nobel de Paz, fue capaz, primero, de disfrazarse de uribista e intrigar para que lo nombraran como ministro de Defensa del gobierno del expresidente Uribe, luego, ganarse su confianza hasta el punto de que le prestara su plataforma política y le endosara los votos de sus seguidores para, una vez en el poder, cambiar ese libreto por el que tenía escondido en el mismo bolsillo en el que tenía sus "llaves de la paz". Llaves que no ve la hora de ver sentados legislando en el Congreso Nacional, y rigiendo los destinos del país mientras él, seguramente, se radique en otro lugar que le permita, ese sí, disfrutar las mieles de sus triunfos. 
 

 

Definitivamente, el presidente Santos no es un hombre de fiar y en el tema del proceso de paz, como en tantos otros, maneja discursos diferentes. Hoy no cabe ya duda de que nos está hipotecando en Cuba. No es sino ver cómo esta semana se pegó del supuesto escándalo de corrupción que hubo entre unos miembros del Ejército (reprochable y que debe ser sancionado), para quitar por ahí derecho a los generales que estorbaban sus planes de La Habana. Acordémonos, además, que hace apenas unos días fueron retirados de sus cargos dos importantes generales por haber hecho unas interceptaciones ilegales que, en cuestión de horas, se volvieron legales, pero afectaron seriamente la imagen de las Fuerzas Armadas.
 

 

En nuestras manos, con el poder que nos concede el voto, está, pues, enderezar el rumbo de nuestro país porque, como vamos… ¡vamos mal…

 
FUENTE: elcolombiano.com