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Con las manos siempre manchadas de sangre

Valerosamente, sin titubear, el Papa Francisco puso el dedo en la llaga supurante del narcotráfico en México. Su afirmación: “los narcotraficantes, delante de Dios, tendrán siempre las manos manchadas de sangre, aunque tengan los bolsillos lleno de dinero sórdido y la conciencia anestesiada”, es clara e inequívoca y no admite interpretaciones.

 

Esta fue la sentencia del Pontífice el primer día de su visita a México. Allí, en la catedral de la capital, ante la congregación de obispos latinoamericanos, fue proferida su frentera condena.

 

Hablaba no solo de los poderosos carteles mexicanos, sino también de todos los narcotraficantes del mundo. En especial de los latinoamericanos, entre ellos: de las Farc, las bacrim colombianas, el Cartel de los Soles en Venezuela, y de todos esos narcos de las américas, inclusive los norteamericanos, que llenan sus bolsillos con el producto de este tráfico miserable.

 

Francisco se les mide a los temas más difíciles y espinosos. Arriesgando su seguridad personal. (No ha aceptado vidrios blindados para su “papamóvil” durante su recorrido en México y se mezcla con los fieles, que emocionados, quieren tocarlo). El Papa enfurece a muchos con sus actos y sus palabras y reconforta a otros. Nada lo detiene.

 

Antes de llegar a México, en una corta escala en Cuba, el Papa tuvo un histórico encuentro con el Patriarca Kiril, de la Iglesia Ortodoxa rusa. Desde 1054, cuando se produjo el Gran Cisma del cristianismo, no se reunían los líderes de la Iglesia Romana y de la Iglesia Ortodoxa rusa. Fue solo por unas pocas horas, pero fue una reunión cargada de simbolismos y de gran intensidad.

 

En ella se habló de temas que preocupan a los dos religiosos, quienes hoy representan a más de 1.400 millones de fieles, (1.200 millones de católicos y 200 millones de ortodoxos rusos). Hablaron de la familia, el matrimonio, la procreación, la inmigración desbordada, el terrorismo. Sin embargo, la gran preocupación de Francisco y Kiril se centró en la persecución contra los cristianos en el Medio Oriente y en otros países, prioritariamente musulmanes. Hoy no son pocos los cristianos que sufren persecución, destierro y muerte por su religión. Para estos pidieron una activa defensa de un mundo que muchas veces parece indiferente.

 

Como dato curioso, quien fungió de intérprete entre los dos prelados fue Miguel Palacio, el joven alto, moreno, siempre al lado del Patriarca, quien es ruso de ascendencia colombiana. Siendo muy joven su padre emigró a estudiar a Moscú, gracias a una beca. Allí se enamoró y casó con una rusa y el resultado fue Miguel; hoy importante secretario en el Departamento de Relaciones Exteriores del Patriarcado de Moscú.

 

Tuve el gusto de conocerlo en un viaje a Rusia en 2008. Ya se vislumbraba en él una gran capacidad diplomática e impresionante disciplina académica. Hoy, no solo acompaña internacionalmente a los prelados más destacados de su iglesia, sino es un connotado historiador del cristianismo ortodoxo en Latinoamérica.

 

El Papa, al despedirse del Patriarca, declaró emocionado: “Yo les confieso que he sentido la consolación del espíritu en este diálogo”.

 

Nos consuela pensar que tenemos un Papa tan comprometido. Un verdadero pastor de su rebaño.