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Crimen, lenguaje, verdad y memoria

Puede ocurrir que de tanto repetir una verdad, esta pierda su real sentido comunicativo, se convierta en un mueble más en un cuarto repleto, que de tanto estar ahí nadie lo ve. De tanto hablar de los crímenes de las Farc, su verdadera dimensión en cantidad y en atrocidad logra difuminarse o convertirse en parte del “paisaje” con el que convivimos. La capacidad de asombro simplemente podría desaparecer, y todo, por terrible que sea, se percibe como algo normal. La costumbre termina por derrotar al lenguaje y a la realidad. O mejor, el lenguaje terminaría derrotándose a sí mismo y, de tanto afirmarla, disipando la realidad. Concomitantemente, el lenguaje sirve para, como descubrió Goebbels, trasmutar en verdad  una falsedad mil veces repetida.

Pero hay una paradoja en esto y también una tensión, que tienen que resolverse de alguna forma, porque es imposible guardar silencio ante hechos incontestables y  convertir en axiomas aquellos enunciados que no resisten la menor confrontación con los hechos. Esta contradicción se resuelve, entre otras maneras, cuando suceden cosas que rompen la anestesia del hábito y ponen las cosas en su verdadera perspectiva, ayudando a formarla memoria colectiva.  De contrario, prevalecería la falsedad, lo que impediría toda comunicación acerca de los hechos, algo que finalmente no ocurre en el tortuoso camino de conocer la realidad, como en última instancia, ha evidenciado la historia (piénsese en la caída del nazismo o del comunismo), a pesar de los avatares y retrocesos temporales que en su consecución ocurran.

Lo que pasa con las negociaciones entre el gobierno y las Farc son un ejemplo de lo que se acaba de afirmar.  El gobierno se empeña en afirmar que las negociaciones con ese grupo marchan bien, a pesar de todas las dificultades, y lo repite hasta el cansancio, apelando incluso a la sicología de masas para manipular la conciencia de los colombianos con campañas como “soy capaz”; algunos, incansablemente muestran la entrega del país y su estado de derecho, apabullados por una mayoría bullosa de medios de comunicación y de propagandistas que es “capaz” de cualquier arbitrariedad para negar la realidad, a caballo de todo tipo de tramoyas para difamar a quienes osan contradecir al gobernante, montadas estas desde el Estado mismo: las denuncias se banalizan o se falsean y se desprestigia a sus autores; y estos, condenados al ostracismo, repiten sus argumentos que los otros  hacen sentir como gotas de lluvia sobre el pavimento o como fábulas demenciales, y, hay que decirlo, que muchos ciudadanos perciben, en ocasiones, de esa manera…

Entonces, llegan las Farc y asesinan a dos indígenas por el solo hecho de pedir que quitaran unas pancartas donde se hacía la apología a alias Alfonso Cano. Y la gente percibe que sí es posible castigar a los asesinos, de manera expedita con penas ejemplares y disuasorias; que es posible un camino distinto al de darle a estos criminales trabajos sociales por castigo, como defiende el señor Fiscal; que lo del reclutamiento de niños es en serio, porque dos de los guerrilleros que cometieron el delito son menores de edad; que es verdad que las Farc le echan la culpa a los demás de sus desmanes, acusando a los indígenas, los ofendidos, de la muerte de sus dos guardas y exigiendo que sea la guerrilla la que los “juzgue” a los criminales; que a las Farc los colombianos les importan un pito, que son victimarios sin ninguna sensibilidad ni límite; que el señor de la ONU dice que es inconveniente que se castigue a los matones porque perjudica el “proceso” y que hay que respetarles el debido proceso, como si este no hubiese sido realizado siguiendo los parámetros jurídicos reconocidos por el Estado en esas comunidades; que los negociadores del gobierno apenas aciertan a decir que el asesinato “no contribuye” al éxito de la negociación, como si a las Farc eso les importara y que la comunidad internacional constata lo que en verdad ocurre por estos lares.

Y sucede el secuestro de dos militares, luego de que las Farc habían dicho que no volvería a cometer tal delito., recordando la pesadilla que les tocó vivir a militares y policías secuestrados, junto con los políticos que tuvieron en su poder para efectuar el famoso “canje”, a los que humillaron, torturaron y llegaron hasta asesinar.

Lo acontecido conmueve la conciencia nacional, pone en su real dimensión a las Farc y las concesiones hechas por Santos y sus subordinados en la “negociación”,  y alertan a los colombianos, lo principal, y a los miembros del a comunidad internacional, del desmadre que se está produciendo. Ahora vendrán las brigadas de limpieza del régimen y de la guerrilla  a tratar de borrar o minimizar lo acontecido, que para eso tienen sus áulicos, haciendo eco con los criminales y rogarán porque pase el tiempo y el acontecimiento se esconda en algún pliegue de la memoria de los colombianos. Pero la estructura delictiva de las Farc, su sensación de total impunidad y el desprecio hacia sus connacionales no desaparecerán. Más temprano que tarde producirán otro hecho repugnante que hará estremecer a la gente, que acumulará este acontecimiento en la memoria colectiva, latente sí, pero que no olvida.