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¿De qué se trata?

Caer en la beligerancia es caer en la trampa de Maduro, dicen algunos. Actúa bien Santos al no dejar utilizar a Colombia en los propósitos electoreros del dictador, sostienen. Uribe es oportunista, concluyen.

 

Este no es un asunto de discursos ni de posturas políticas ni siquiera de crítica al autismo de nuestro gobierno. Tampoco se trata de la simplificación polarizante de la paz de Santos o la guerra de Uribe. Lo que está pasando en la frontera con Venezuela es una expresión de irrespeto al concepto mismo de humanidad.

 

No se trata del lenguaje peyorativo y degradante con el que se refiere a los colombianos, ni de las deudas a nuestros empresarios que no se pagaron nunca. No nos referimos al contrabando de reses sin vacunas –que ponen en peligro el hato ganadero y nuestras posibilidades de exportación. Tampoco hablamos de la triangulación de productos de manera fraudulenta, ni de las pretensiones de arrebatarnos territorio.

 

Dejamos por fuera que el régimen vecino está infiltrado por el narcotráfico, y que el cartel de los soles –donde se agrupan miembros de todas las fuerzas armadas de Venezuela- mantengan estrechos vínculos con narcotraficantes y terroristas colombianos, para traficar miles de toneladas de cocaína. No hablamos de que Megateo y las Farc son sus socios, apalancan en la frontera, especialmente del Catatumbo, el que puede ser hoy el cartel de cocaína más grande del mundo. Ni siquiera pensemos que en el territorio venezolano les concedan tranquilidad del refugio a quienes delinquen en nuestro país. No vamos a preguntarnos si lo que está sucediendo tiene que ver con ese negocio de narcotráfico, o con la persecución contra Megateo.

 

No se trata de la disolución de la democracia en Venezuela, que hemos venido atestiguando ante la mirada impávida de nuestro gobierno. No hablemos de la detención y tortura a los líderes de oposición, de las patadas a los congresistas, de los fraudes electorales, de la destrucción del Estado de Derecho, de la cooptación de todos los poderes públicos, de la desaparición de las garantías democráticas. No tengamos en cuenta la escases de bienes, alimentos, luz para los venezolanos, de las filas y del descontento ciudadano. Olvidemos las marchas multitudinarias de estudiantes contra el gobierno, la utilización perversa de la policía para reprimir las expresiones cívicas. No tengamos en cuenta el fracaso económico y la destrucción del sector productivo; y la grotesca simpleza con la que responde ese gobierno.

 

Ignoremos las ofensas a nuestros ex presidentes –ya a eso estamos acostumbrados como no hay novedad ante el silencio encubridor de nuestra Canciller; y no reparamos en las infamias a quien es hoy el líder político más apreciado en Colombia.

 

Son desplazados; ciudadanos que de un momento a otro pierden su casa, sus bienes, sus arraigos. Las marcas en la casa, la maquina que destruye todo y los ojos que miran desde la impotencia. Las familias separadas por la arbitrariedad. Los refugios en la escasez. Es ser perseguido por tener la nacionalidad, es el costo de ser colombiano en Venezuela.