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Destruir para destruir para destruir para destruir

El imam sirio Omar Bakri Muhammad dijo, sin pelos en la lengua, lo que en Colombia los terroristas de las FARC aplican soterradamente: “Utilizaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia”.

 

Destruir la democracia significa aniquilar lo que “a occidente le costó siglos de sufrimiento alcanzar: la libertad de la que hoy goza” -como dice el escritor español Arturo Pérez-Reverte en su artículo Es la guerra santa, idiotas de septiembre de 2014-, y para conseguirlo hacer uso de la democracia misma. El terrorismo se alimenta de ella mientras la mantiene viva para luego abandonarla en su agonía.

 

Comprender esto es necesario para ver los alcances del terrorismo cuando logra llevar a una mesa de negociación a un Estado democrático. Un ejemplo palpable de esta circunstancia, tan ventajosa para los terroristas, la tiene el mundo ante sus ojos en el caso colombiano. Como algunos insectos que mantienen a su presa viva mientras se alimentan de ella, los terroristas lo hacen con los países democráticos que, a pesar de seguir siendo víctimas de sus atentados, se sientan a negociar con ellos.

 

Porque el terrorismo no tiene un fin determinado como, podríamos suponer, llegar al poder lo que es tan sólo un paso más en su delirante accionar. Nos acercaríamos más a su comprensión de sus fines a partir de una premisa que se impone: la destrucción por la destrucción misma, destruir para destruir para destruir. No hay lógica alguna en su actuar sino solo la aberración propia al ejercicio continuo del mal.

 

¿Qué podría esperar un país democrático negociando con terroristas? ¿Qué se podría esperar de los terroristas que sea positivo para la democracia? Nada, porque los terroristas no ven en la negociación sino un paso más en la aniquilación de la democracia, acabando con las libertades, para luego instaurar el terror.

 

“Es una guerra y la estamos perdiendo por nuestra estupidez sonriendo al enemigo”, le dijo un amigo a Pérez-Reverte a mediados del año pasado, como nos lo cuenta en el mencionado artículo. Las consecuencias del estar “sonriendo al enemigo”, en lugar de enfrentar la guerra, la está padeciendo en este momento Occidente entero luego de los atentados que el Estado Islámico cometió en París la semana pasada.

 

Por nuestra parte, los colombianos le estamos “sonriendo al enemigo” desde hace cinco años. Nuestra posición ha sido complaciente cuando no servil. Complaciente por parte de quienes hablan de diálogo con condiciones y servil en la de quienes no ponen condiciones. Sin ir a la raíz de los hechos una y otra llegan a lo mismo, a la claudicación ante el enemigo.

 

“Creer que eso se soluciona negociando o mirando a otra parte, es mucho más que una inmensa gilipollez. Es un suicidio. Vean Internet, insisto, y díganme qué diablos vamos a negociar. Y con quién. Es una guerra, y no hay otra que afrontarla. Asumirla sin complejos”, declara el escritor español sin temor de que lo llamen guerrerista, buitre, enemigo de la paz y otros calificativos denigrantes que acostumbran aplicar a quienes se atrevan a expresar lo mismo acá, en Colombia, en donde miramos a otra parte mientras negocian nuestra dolida democracia que ha sido construida con tanto esfuerzo.

 

Lo que está en juego no es que los terroristas dejen su sangriento accionar en respuesta a nuestras complacientes y cobardes sonrisas; lo que está en juego es la perdida de lo que la civilización ha alcanzado “tras muchos combates contra nuestros propios fanatismos, en la que demasiada gente buena perdió la vida”, como dice Pérez-Reverte. Lo que está en juego no es tan sólo la democracia, lo que está en juego es la libertad sin la que no podríamos considerarnos seres humanos.