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DISCURSO DEL PRESIDENTE DE ESPAÑA, JOSÉ MARÍA AZNAR

DISCURSO DEL PRESIDENTE DE ESPAÑA, JOSÉ MARÍA AZNAR

Cartagena, 21 feb (SNE). El siguiente es el texto del discurso del presidente del Gobierno Español, José María Aznar, en el Foro Democracia y Desarrollo en Iberoamérica, realizado este sábado en la ciudad de Cartagena de Indias.

«Permítanme en primer lugar mostrar mi gratitud al presidente Álvaro Uribe por su calurosa acogida en éste, mi último viaje a Iberoamérica como Presidente del Gobierno de España. Es además para mí un placer participar en este seminario.

Durante ocho años he tenido el privilegio de ser Presidente del Gobierno de España. En este tiempo, he trabajado con el convencimiento de que Europa y América forman parte de una misma comunidad basada en principios y valores comunes.

He tenido la oportunidad de viajar a Iberoamérica en numerosas ocasiones y de comprobar los progresos de los países que conforman nuestra comunidad. Pero también he sido testigo, como todos ustedes, de las dificultades que muchos de nuestros países amigos han enfrentado y enfrentan para consolidar la democracia y el crecimiento económico, para aprovechar las oportunidades de un mayor desarrollo.

Permítanme compartir con ustedes mis reflexiones sobre estos procesos.

Europa y América compartimos como principios básicos la democracia, el respeto a los derechos humanos y la defensa de la libertad. Sin embargo, la democracia no se agota con la celebración de elecciones libres. Yo creo que la consolidación de un país democrático requiere además tres elementos a los que quiero hacer referencia esta mañana: fortalecimiento institucional, desarrollo económico y seguridad.

En primer lugar, la democracia ha de garantizar la libertad de los ciudadanos y para ello necesita instituciones fuertes, creíbles, seguras. El afianzamiento de un sistema democrático no puede aplazarse hasta que exista un nivel suficiente de desarrollo.

Permítanme que aluda a España en este punto. En el último cuarto de siglo hemos experimentado una transformación radical. No hay muchos países en el mundo que lo hayan logrado. En muy poco tiempo, en términos históricos, España ha conseguido una democracia plenamente consolidada. Somos miembros de la Unión Europea , donde tenemos una posición activa como corresponde a una de las grandes naciones de Europa. Somos la octava economía del mundo y seguimos creciendo en un marco de estabilidad y confianza. Somos miembros de la OTAN y hemos asumido nuestra responsabilidad en materia de seguridad.

Esto ha sido gracias al consenso y gracias a instituciones que gozan de la confianza de los ciudadanos. En pocas palabras, nuestro éxito ha sido querer y lograr ser un país normal.

Esta reflexión sirve también para Iberoamérica. A mi juicio, lo peor que podría ocurrir es que Iberoamérica sea percibida si me permiten la expresión, como una «curiosidad antropológica», como algo diferente o excéntrico al mundo libre y desarrollado.

Romper ese tópico, esa imagen tan negativa requiere voluntad. No es necesario inventar nada nuevo, basta aplicar los principios democráticos de separación de poderes para alcanzar lo que creo ha sido nuestro éxito: la normalidad de los países libres y prósperos. Una normalidad que alguno incluso podría considerar aburrida.

Unas instituciones que despierten confianza y que funcionen imprescindibles para el desarrollo. El cumplimiento de la ley, el respeto a los contratos y la garantía de tribunales imparciales, fomentan la transparencia y la confianza.

Iberoamérica debe abordar y resolver las cuestiones que tiene pendientes. En el ámbito político es preocupante observar que los mayores niveles de desconfianza de la ciudadanía se proyectan sobre las instituciones clave de la democracia representativa: el Parlamento y los partidos políticos.

Ante esta situación algunos han puesto en marcha ciertos experimentos políticos. Pero es importante no sacar conclusiones equivocadas. No hay atajos ni milagros, Hay que superar, de una vez por todas, la adolescencia política. Todo sistema admite mejoras, pero no hay alternativa a la democracia representativa. Los iberoamericanos saben muy bien el terrible precio que hay que pagar por las aventuras populistas. Y el fantasma del populismo surge con cierta recurrencia.

La Administración Pública también es contemplada con recelo. Para conseguir un Estado que preste servicios públicos eficientes, que gaste el dinero de todos con buen criterio, que sirva con objetividad a los intereses generales, es necesario poner en marcha administraciones tributarias eficaces, con capacidad recaudatoria y redistributiva. Contribuir es una forma más de ser ciudadano.

Deben funcionar los órganos de fiscalización y control que aseguren la transparencia en el uso de los recursos públicos. Y debe ponerse fin a una de las mayores lacras del Estado, la corrupción. No sólo es moralmente inadmisible sino que mina la confianza, desalienta la inversión y se constituye sin duda en uno de los mayores obstáculos al desarrollo.

Además, la Administración debe garantizar el funcionamiento de todas las instituciones relacionadas con la economía de mercado, que proporcionan un marco estable a la inversión, fuente de crecimiento. La seguridad jurídica fomenta la confianza de los inversores en el país y del país en los inversores.

Pero a pesar de las dificultades el balance es positivo, Iberoamérica ha demostrado en los últimos años se decidida voluntad democrática. En las últimas décadas la región ha progresado a un ritmo sin precedentes. A mediados de los setenta, sólo tres países elegían sus autoridades mediante procesos electorales libres: Costa Rica, Colombia y Venezuela. Hoy, Iberoamérica se abre al mundo representada por dirigentes elegidos libremente por los ciudadanos, con una única y lamentable excepción. Y no quiero dejar de referirme a ella, porque deseo de todo corazón que Cuba pase pronto a engrosar las filas de los países normales, libres y democráticos.

Ahora bien, no basta con crear un enramado institucional que garantice el ejercicio de la libertad. Coincido con el lema de este seminario: democracia y desarrollo son conceptos inseparables, y esta es la segunda cuestión de la que quería hablarles hoy. Nuestra primera obligación como Gobierno es que el funcionamiento del Estado democrático y sus instituciones garanticen la libertad y la seguridad creando el marco adecuado para el crecimiento y la prosperidad.

En este sentido, la cooperación internacional con los países en desarrollo es sin duda un elemento esencial de solidaridad, pero no es suficiente. Desarrollar una economía de mercado basada en un marco jurídico claro, en la propiedad privada, en la libre empresa y en una decidida apertura al exterior puede hacer más por erradicar la pobreza que toda la ayuda humanitaria.

La experiencia nos demuestra que la apertura comercial y la liberalización son los motores que impulsan el desarrollo. Sin inversión no hay crecimiento y sin crecimiento no se puede vencer a la pobreza. Estoy convencido de que las medidas proteccionistas con que algunos Gobiernos tratan de proteger sus mercados no hacen sino impedir el crecimiento y las mejoras sociales.

España, como uno de los principales inversores en Iberoamérica, lo sabe bien. Estamos orgullosos de estar participando como socios económicos y comerciales en el desarrollo de muchos países de la región. Nuestra presencia no depende de ciclos económicos, tiene vocación de permanencia. Estamos convencidos de que ese es el camino y que los procesos de integración que hoy avanzan en todo el continente proporcionarán a los países iberoamericanos mayor prosperidad y estabilidad.

Para España, Iberoamérica es un continente clave. Por eso en estos años hemos promovido activamente el fortalecimiento de las relaciones entre Europa y el continente americano. Estoy convencido, como les decía al principio, de nuestra pertenencia a una comunidad de valores políticos. En esta línea debemos seguir trabajando. Hace pocas semanas tuve el honor de intervenir ante el Congreso de los Estados Unidos y allí hablé de esa comunidad, de nuestro interés por conformar un vínculo atlántico que incluya una gran zona económica entre Europa y América.

En tercer lugar, conseguir un Estado democrático y próspero tampoco es suficiente. Hoy, más que nunca, es evidente que la democracia tiene que hacer frente a serios peligros, que tenemos que trabajar juntos para garantizar la paz y la seguridad.

Desgraciadamente, Colombia y España conocen desde hace años las consecuencias del terrorismo y, por ello, sabemos agradecer las muestras de solidaridad que recibimos de otros países. El terrorismo no tiene fronteras, ningún país puede considerarse libre de su amenaza y sus excusas no deben encontrar amparo en ningún territorio. El terrorismo es la mayor amenaza para la libertad y para los sistemas democráticos. No importa su forma.

Lo he dicho muchas veces, pero permítanme que insista una vez más. No existe ninguna causa que justifique las acciones terroristas. El terrorismo deslegitima cualquier objetivo, porque cualquiera que utilice el terror para conseguir un fin o defender una idea pasa a convertirse en un criminal.

Por ello no podemos decir que aquí, en Colombia, o en cualquier otro país que lucha contra el terror, hay dos partes en conflicto. El lenguaje importa. Hay que llamar a las cosas por su nombre y ser consecuentes. Colombia tiene un Gobierno legítimo, elegido democráticamente, que combate la amenaza terrorista y que yo espero sinceramente que la venza lo más pronto posible.

Estoy convencido de que juntos, desde la fortaleza de nuestras instituciones democráticas y con los medios que nos brinda el Estado de derecho, sabremos dar una respuesta adecuada y eficaz en defensa de nuestra libertad. Nos alegramos de que organizaciones como ETA, las Farc, y espero que pronto a petición del propio presidente Uribe el ELN, figuren ya en las listas de organizaciones terroristas. Ahora saben que su único futuro es ser derrotadas, y que así lo entiende toda la Comunidad Internacional.

Ahora debemos ir más allá. España, que preside el Comité contra el Terrorismo de la Organización de las Naciones Unidas desea una mayor implicación de la organización. Creemos que es necesario elaborar una lista internacional de organizaciones terroristas de modo que quede claro quién pone en peligro nuestra seguridad.

Quiero recordar que hace pocas semanas tuvo lugar en Madrid el Primer Congreso Internacional de Víctimas del Terrorismo, que contó con la presencia del Vicepresidente de Colombia y, entre otras muchas víctimas, con ciudadanos colombianos. Ha sido una excelente iniciativa. Hasta ahora hemos centrado nuestra atención en la lucha contra el terrorismo y, en ocasiones, hemos olvidado a los grandes protagonistas de esta barbarie. Las víctimas han de ocupar el papel que les corresponde y ser motor y referencia moral que nos impulse a seguir la lucha día tras día. Se lo debemos a ellas y nos lo debemos a nuestra propia dignidad política y moral.

Señoras y señores, como les decía este es un discurso de despedida en mi último viaje a Iberoamérica como Presidente del Gobierno de España, y me alegro mucho de que haya sido precisamente a Cartagena de Indias. Pocos lugares en el mundo representan mejor que esta ciudad lo iberoamericano, un concepto que nos une por encima de mares y océanos. Y me alegro además de que hayamos podido hablar de democracia, desarrollo, libertad y seguridad. Son nuestros ideales, los de América y los de Europa.

Así lo hemos constatado en muchas Cumbres Iberoamericanas que venimos celebrando desde 1991. Nuestra Comunidad Iberoamericana de Naciones ha madurado en estos años, se ha consolidado. Y por ello hemos querido dotarnos de una Secretaría Permanente que permita una mayor institucionalidad y que garantice la continuidad de nuestra colaboración y proyecte al mundo la imagen de una Comunidad Iberoamericana unida. Espero y deseo que, tras la Cumbre Iberoamericana de Costa Rica el próximo mes de noviembre, la Secretaría General sea una realidad.

Hoy Iberoamérica ha tomado el futuro en sus manos. Me voy con la seguridad de que los iberoamericanos seguiremos trabajando por la prosperidad de nuestra gente, por la estabilidad de la seguridad mundial. Me voy con el convencimiento de que nuestros países amigos conseguirán los objetivos que se han marcado.

He trabajado por ello desde la presidencia del Gobierno de mi país pero no voy a dejar de trabajar con toda ilusión y con toda la energía en lo que creo y en las que merece la pena. Estas de las que estamos hablando aquí hoy, en ellas creo y merecen la pena. Por eso desde donde esté seguirá mi voz y una voz española allí donde suena siempre, con la misma fuerza y la misma ilusión.

Muchas gracias».

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