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Dos países enfrentados

Es célebre la dicotomía formulada por Jorge Eliécer Gaitán entre el “país político” y el “país nacional”. Es decir, entre el mundo de las triquiñuelas, las trampas, los engaños, la corrupción, de los altos heliotropos de la política que controlan el poder, por un lado; y el mundo real del trabajo, el sacrificio, la abnegación, la lucha por la supervivencia de las mayorías, por el otro.

 

Se habla hoy a cada momento de una aguda polarización en el país, a raíz sobre todo de la desafortunada gestión del gobierno de Juan Manuel Santos de un proceso de “paz” con organizaciones narcoterroristas, en particular con las Farc. Pero no se trata, como algunos insinúan, de una simple polarización entre sectores políticos rivales, con Santos y el expresidente Uribe a la cabeza. Más allá, lo que se percibe es una división y un distanciamiento irrevocable entre las grandes mayorías aporreadas e ignoradas y el minúsculo círculo que mangonea el Estado.

 

El abismo es impresionante. Aunque la cúpula enquistada en las altas esferas de los poderes públicos se esmere en hacer pasar por encomiables sus trapacerías, en revestir de galas sus infamias, utilizando nutridos ardides y apelando a irrigar mermelada a rodo, el resultado que cosecha es exactamente el contrario. Con cada día que pasa, la imagen de Santos y sus esbirros se hunde más y más en el pantano del repudio popular. Una tras otra, las encuestas ratifican el desprecio infinito de los colombianos por sus actuales gobernantes.

 

Nada salva a la élite santista de tal caída en picada. Ni el Nobel de Paz fraudulento, ni los fastuosos y múltiples espectáculos de firmas de acuerdos de “paz”, ni las interminables giras presidenciales por todo el mundo, ni la cosecha de honores y reconocimientos de dudoso origen del primer mandatario, ni los ditirambos de los medios endulzados, ni los conceptos amañados y torcidos de los altos tribunales, ni los burdos espectáculos de Santos en olvidadas escuelas para fingir contacto con el pueblo. De Uribe se dice que está protegido por una especie de teflón, que hace resbalar cualquier calumnia o ataque, preservando su popularidad; de Santos podría afirmarse lo contrario: su teflón hace resbalar cualquier encomio, alabanza o reconocimiento, impidiendo que aparezca ante la gente como alguien distinto a quién es, un ser siniestro y perverso.

 

Pese a tan evidente y continuado rechazo ciudadano Santos no duda en proseguir con su nefasta empresa de entrega, con la celeridad que demandan las Farc. Presentándolo todo como la conquista envidiable de la paz y la concordia y el fin de la más pavorosa guerra, que todo lo justifica.

 

No le importa que las cortes sumisas presenten algún reparo a la JEP, o que el fiscal y el procurador se sientan excluidos, o que los militares murmuren su descontento, o que la sociedad indignada clame por la entrega de los menores “reclutados”: él prosigue impertérrito con su cometido. A pupitrazo limpio impondrá el peligroso esperpento, al igual que los demás que ya iniciaron su trámite en el parlamento y los que se anuncian para estos días. Tendremos entonces el tal acuerdo final elevado a la categoría de norma suprema, una constitución en la sombra, a la cual deben sujetarse la del 91 y las leyes y las autoridades todas. Habrá “fast track” también -por determinación de un decreto presidencial expedido esta semana-, para el examen de constitucionalidad de todas las normas expedidas para “implementar” el acuerdo final con las Farc, que ahora será expedito y expeditivo. Se convertirá a las Farc en un partido político privilegiado, que durante diez años no se sujetará a las normas de umbrales ni las demás que regulan la conservación de la personería de los demás; que contará con una financiación superior (el promedio de los otros para funcionamiento, pero adicionalmente con 7% del fondo total, para un “centro de pensamiento” y difusión de su doctrina; todo a cargo del estado, con adelanto del 10% para sus campañas, que no será reembolsable); y dispondrá, mínimo de cinco curules en el Senado y cinco en la Cámara, sea cual sea su votación (sin contar las “circunscripciones especiales” a la Cámara). Y se reformará el sistema electoral para que dicho partido pueda gozar sin problemas de tan señaladas prebendas. Ese es el contenido aproximado de lo que ahora se pone en vigencia, tal cual fue tramado en La Habana. Pero claro, falta mucho más.

 

Ni qué hablar del espectáculo denigrante del inicio de negociaciones con el Eln. La claudicación del gobierno es oprobiosa. No solo se retractó de la condición de no negociar mientras mantuvieran secuestrados, sino que aceptó el espectáculo inicuo de la liberación de Odín Sánchez solo después de que su familia cumpliera con el pago de 3.000 millones de pesos por su rescate. El país sabe que tienen más secuestrados, que al gobierno poco interesan, mientras los terroristas afirman sin empacho que continuarán con semejante práctica criminal si lo requieren. Con esa banda se discutirán más temas de la agenda nacional que los que de discutieron con las Farc, revistiéndola de participación de la “sociedad civil”. Lo pactado en Cuba será apenas el piso de lo que se discutirá en Ecuador. Nadie pensará que el Eln se va a transar por menos. Y ahora que Santos tiene que proteger su imagen de Nobel de “paz”, la capacidad de chantaje y extorsión de esta cuadrilla será mayor.

 

El gobierno y los medios, entre tanto, se empeñan en vendernos la imagen de un proceso altamente positivo, con las imágenes de guerrilleros llegando a las zonas de concentración, para “dejar” las armas, y cesar definitivamente sus acciones armadas, lo cual justificaría las gravosas concesiones efectuadas. Del mismo modo la vuelta a casa de Odín Sánchez será valorada como un “gesto humanitario y de paz” que allana el camino de los diálogos para cesar el conflicto con el Eln.

 

Algunas personas seguramente pensarán, por fuerza de las circunstancias, que es mejor arriar las banderas de la oposición al acuerdo con las Farc, darle un margen a la desmovilización y reincorporación de los violentos a la vida civil, y abrir un compás de espera a la mesa con el Eln. Se palpa ese interés oficial en el ambiente, queriendo confundir el anhelo general de la cesación de la violencia terrorista, con las condiciones inaceptables pactadas para lograrlo.

 

Sin embargo, aunque en ciertas esferas pueda darse esa confusión, lo que corroboran las encuestas es que la inmensa mayoría de las personas no ha caído en la celada. Por el contrario, crece el porcentaje que desconfía del primer mandatario y sus ejecutorias, y expresa su rechazo contundente.

 

Es una tendencia irreversible, contundente. En eso no puede haber equivocación. Pese a las circunstancias adversas, el panorama no mueve al desánimo sino al renovado optimismo en la resistencia contra el despotismo imperante. Aquí lo que uno podría es preguntarse cuándo estallará de alguna manera esa ira contenida de la gente contra el jefe de Estado. Y qué actitud debiera asumir la oposición. Si contemporizar con la imposición de tan arrevesadas medidas, solo porque de todos modos se están desmovilizando los guerrilleros, o persistir en enfrentar los acuerdos y obligar a su reconfiguración según las aspiraciones de las fuerzas que vencieron en el plebiscito de octubre.

 

¿Habrá que esperar las elecciones de 2018 y únicamente dedicarse a prepararlas, o se impone buscar la manera de reversar los fatídicos acuerdos de antemano? Y adicionalmente: si bien el tema de la corrupción es crucial -y el gobierno el responsable central, pese a que se empeña en enlodar a la oposición del CD-, ¿debiera abandonarse el enfoque de que el problema principal es el de los peligrosos acuerdos de “paz”, y el consiguiente empoderamiento de los narcoterroristas, para ocuparse sobre todo de la corrupción y distintos temas económicos y sociales como la salud y la inflación?

 

El telón de fondo de la contraposición entre el “país político” santista -con un 19% de aceptación en las encuestas de su cabeza visible, y en descenso- y el “país nacional” -con un 79% que lo rechaza-, debe ser el punto de partida para cualquier discusión y la definición de la táctica a seguir.