Sitio oficial
 

El cese bilateral al fuego

Es evidente que el gobierno de Santos perdió la iniciativa política frente a las Farc desde el comienzo del actual proceso. Su inicio no fue producto de solicitud de los terroristas ante su debilidad y reducida capacidad de combate, sino de gestiones casi implorante del gobierno, que los delincuentes supieron aprovechar. De allí en adelante solo hemos visto claudicación tras claudicación, sin que los narcoterroristas hayan efectuado mayores concesiones. Los borradores divulgados por el gobierno hace unos meses lo prueban sin discusión.

 

El último y más vergonzoso episodio en esta tragedia lo constituye el denominado cese al fuego bilateral. Es sabido que en la agenda inicial pactada hace más de dos años se contempla que dicho cese procederá luego de firmados los acuerdos. Aunque aun así entrañaba congelar la acción de la fuerza pública, al menos le permitía al gobierno argumentar que era una contraprestación a la decisión de los guerrilleros de poner fin a sus actividades violentas.

 

Las Farc asestaron un duro golpe político al gobierno cuando declararon su fantasioso cese unilateral hace un mes, con la condición de mantenerlo solamente si las fuerzas armadas cesaban de atacarlos. Santos, descolocado, de dientes para afuera manifestó que no detendría los operativos militares, pero de hecho los ha paralizado. El temor a aparecer como saboteador del cese unilateral lo ha conducido no solo a eso, sino a descolgarse de su vieja afirmación de que las conversaciones en La Habana eran independientes de las acciones militares en el país, y a ordenar el inicio de las negociaciones para decretar el cese bilateral. Entró por entero en la lógica de las Farc y quedó a su merced.

 

En su desespero por tratar de sacar avante algo presentable antes de las elecciones de octubre, y que pueda someter a “refrendación” como si fuera la paz de Colombia, Santos ha cedido nuevamente ante las Farc sin vergüenza. Cree que con eso ha ganado terreno, cuando lo que hace es hundirse más en el fango y conducir al país más cerca del precipicio.

 

No le valieron los “retiros espirituales” de comienzos de año para salir del laberinto y ofrecer una estrategia creíble ante la opinión pública, cuya desconfianza no merma. Se filtró que en el reservado certamen se habló de la no muy espiritual suspensión de los bombardeos militares a las guaridas de los terroristas. El general Óscar Naranjo, uno de los emisarios de Santos, destinado a distraer a la opinión pública en este crucial momento, ha negado que se haya dado la orden de suspender los bombardeos. Cierto: no hay orden de suspenderlos porque ya no hay orden de realizarlos. Así de sencillo.

 

Sin aclarar si el cese bilateral será antes de la firma de los acuerdos, cosa que de por sí es bien reveladora, de todos modos Naranjo advirtió que “en la medida en que este proceso tome madurez y avancemos de manera integral sobre los puntos de la agenda, en el marco de una lógica de desescalamiento, el Presidente tomará medidas”. Se requerirá que se avance en La Habana en la negociación de los puntos que faltan, indicó, para que el Presidente tome una decisión al respecto.

 

La analista regular de El Tiempo para los diálogos en Cuba, Marisol Gómez, que es casi vocera oficial, corrió a cantar con aire triunfante que el gobierno había retomado la iniciativa, colocando a las Farc contra las cuerdas, y que el balón estaba ahora en su campo. Si los “comandantes” no facilitaban acuerdos en los otros puntos de la agenda, Santos no les otorgaría la pretensión absurda de encerrar en los cuarteles a los militares. No se daba cuenta que es exactamente al revés.

 

Ahora las Farc no solo han neutralizado a las fuerzas militares, sino que reiteran con desenfado que el acuerdo sobre los demás puntos no está al alcance de la mano. Desean estirar los diálogos a su antojo, no solo porque les sirve a los propósitos de oxigenar sus cuadrillas, sino porque explotan así de la mejor manera el desespero del gobierno por alcanzar un acuerdo rápido y de esa manera consiguen arrancarle mayores concesiones.

 

La misma Marisol Gómez (El Tiempo, enero 17), cae en un contrasentido monumental al explicar los puntos cruciales que faltan por acordar y que a su juicio el gobierno debe presentar adecuadamente ante la opinión para obtener su asentimiento. Se trataría, son sus palabras, de “que los jefes de las Farc no tengan como pena la cárcel y que participen de manera directa en política”. Entonces si esos son los “avances” que es esperan para facilitar el cese bilateral, estamos doblemente derrotados. O sea, ¡otorgar impunidad y plenas facilidades de participación política a los criminales, como gran conquista, y como condición para amarrar a las fuerzas militares! El acabose.

 

Dándoselas de gran teórico del asunto, el general Naranjo, por otro lado, argumenta que la diferencia del cese bilateral que se va a negociar, con el unilateral que las Farc han declarado, es que el primero será “definitivo”, mientras que el actual es apenas “indefinido”. Pura palabrería. De una parte, porque cualquier cese al fuego de las fuerzas institucionales es paralizar su acción y dejar a la ciudadanía inerme y al arbitrio de los delincuentes; pero sobre todo, porque cualquier cese al fuego de los terroristas sin ubicación precisa, sin supervisión, y sobre todo sin entrega de armas, por más “definitivo” que se proclame es falaz.

 

Lo que además se desprende de las explicaciones de Naranjo -quien ha hablado de que por ningún motivo se aceptará una “paz armada”-, es que el cese al fuego no es para el desarme de los guerrilleros, sino para que “silencien los fusiles”, pero conservándolos. ¿Y esa no es una “paz armada”?

 

En esas condiciones se vislumbra el panorama de este año. Grandes “avances” en concesión de impunidad y elegibilidad política a los terroristas, en pago de lo cual “silenciarán los fusiles” (que conservarán) para poder hacer política abiertamente, mientras las fuerzas armadas se encierran en sus cuarteles a rumiar su derrota. Y finalmente, en octubre, la refrendación de cualquier cosa, y por cualquier medio –una papeleta o un referendo amañado- que permita decir que la entrega –total o aún parcial- está consumada, o tiene el visto bueno para proseguirse.

 

Lo que no cuadra en este panorama es la posición del pueblo colombiano que, todas las encuestas y sondeos lo ratifican, quiere la paz pero se resiste a semejante humillación. Y en octubre, o después, ya se verá, será quien definitivamente desate este nudo gordiano. Estoy plenamente convencido, como lo ha advertido el expresidente Álvaro Uribe en Twitter esta semana, que “Una paz sin cárcel y con elegibilidad política para los narcoterroristas es una paz que el pueblo colombiano no va a respetar”, y que “Sin cárcel para cabecillas terroristas la "paz" autorizará nuevas violencias”.