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Espionaje criollo

El espionaje es tan viejo como la humanidad misma. Hammurabi, el emperador babilónico (hacia 1792 a.C.), conquistó Mesopotamia gracias a la información que le enviaban sus espías. Sun-Tzu, el autor del Arte de la Guerra (512 a.C), dedica todo un capítulo de su obra al espionaje. En la Biblia son muy conocidos los casos de Moisés, que envió doce espías a explorar la tierra de Canaán antes de entrar en ella, y el de Josué, que envió dos espías a averiguar lo necesario antes de entrar a Jericó (1450 a.C).

 

Todo país que se respete tiene un servicio de “inteligencia” para proteger sus intereses nacionales o de investigación, que es lo mismo pero en el orden interno. Estados Unidos tiene trece agencias de inteligencia de las cuales las más conocidas son la CIA, el FBI y la NSA. Por supuesto, todos estos servicios realizan sus investigaciones bajo secreto. La NSA, que se conoce ahora gracias al soplón Edward Snowden, es un servicio de inteligencia electrónica que intercepta comunicaciones (que nosotros, tan primitivos, llamamos “chuzadas”) en el mundo entero, incluidos los propios Estados Unidos. Este artículo, apreciado lector, que he enviado por email a la redacción de este periódico, seguramente ha sido captado y analizado por los supercomputadores de la NSA. Pero lo mismo le debe pasar al Washington Post, The Guardian o Le Figaro.

 

A raíz del escándalo de Snowden, Obama ordenó que se revisaran las atribuciones de los servicios gringos de inteligencia, pero solamente en estos días el Congreso ha empezado a estudiar el asunto, siempre bajo la égida de que seguridad nacional está en juego. La NSA tiene una corte de bolsillo que autoriza las operaciones. No creo que, hasta ahora, se haya encarcelado a su director por espiar ciudadanos norteamericanos, entre los que se encuentran muchos yihadistas nacidos allá.

 

La Corte Suprema (CSJ), que no ha sido capaz de resolver el caso del coronel Plazas, y la Fiscalía, que no investiga los crímenes de las Farc, han mostrado una acuciosidad y celeridad especiales para condenar a María del Pilar Hurtado, exdirectora del DAS (antiguamente llamado Servicio de Inteligencia Colombiano) y a Bernardo Moreno, exsecretario de la Presidencia, por haber participado en “una organización criminal” (el DAS) para cometer delitos de espionaje a los miembros de la CSJ; y porque de ese “espionaje” se entregó información a los medios (¿cómo la que los medios publican todos los días filtrada por la Fiscalía?) sobre un “paseo” de los magistrados a Neiva, que financió el “polémico” Ascensio Reyes, investigación que se hizo sin orden judicial. Por el solo hecho de haber sido investigados, los magistrados han debido declararse impedidos, pero eso es mucho pedir. En el caso de Petro la CSJ cuestionó que “no se estableció cuál fue el motivo que llevó al DAS a investigar al político, distinto a que era un opositor del anterior gobierno”. No hubo delito pero sí motivos que no le gustaron a la Corte.

 

Solamente falta que la Corte Constitucional diga que hay que acabar con los servicios de inteligencia.