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Flan Colombia

Después de los agasajos y francachelas en Washington, de Santos y su tropilla de alegres invitados, con motivo de la muerte y cristiana sepultura del Plan Colombia, un agudo caricaturista de un diario capitalino representó a Obama llevando de la mano a Santos, como un padre a su hijo, acompañándolos de este simpático epígrafe: “A falta de Mermelada bueno es el Flan Colombia”.

 

Es cierto que cada día hay menos pesos para mermelada. Sin embargo no es una afortunada descripción, probablemente, magnificar la cuantía modesta de los recursos ofrecidos por Obama a su colega, como sustituto de los que Santos derrocha rutinariamente, de “su” propia chequera, aquella de la que, como sabemos, alega ser exclusivo dueño, y que evidentemente están bastante agotados. Para ser francos, de materializarse los 450 millones de dólares anunciados en Washington, poco respiro brindarían. Más que la cuantía, lo que hay que tener en cuenta es el significado del viraje en el destino de los fondos.

 

Allí es donde se revela la intención torcida de los dos mandatarios. Pasar del énfasis en el combate al narcotráfico, al énfasis en la ayuda para el "posconflicto", en cuyo manejo tendrá injerencia crucial el mayor cartel narcoterrorista, debidamente reconvertido y reciclado, es un despropósito de marca mayor. Y en ese sentido sí tiene toda la razón el caricaturista, al aplicarle el mote satírico de “Flan Colombia” a lo que quedó del extinto Plan Colombia, y que los dos presidentes bautizaron empalagosamente como “Paz Colombia”.

 

El regocijo de Santos por los logros de su visita a Estados Unidos nos parece impostado. El espectáculo con Obama, aunque bien actuado y orquestado, no pasó de ser eso, una mediocre representación. Ni el dinero es tanto, ni tan cierta la posibilidad de convertirlo en mermelada que alimente el “posconflicto”. Las circunstancias que viven los Estados Unidos van por un camino opuesto a lo que se nos quiere hacer ver desde las oficinas de prensa del gobierno o los medios que tienen facturados.

 

Desde el mismo ejecutivo norteamericano enviaron mensajes contundentes, que rechazan las elucubraciones de Santos. El Secretario de Estado John Kerry fue el encargado de la tarea sucia, luego del teatro de Obama. La petición de sacar a las Farc de la lista de organizaciones terroristas, antes de que se desarmen, desmovilicen y paguen por sus crímenes, una de las principales misiones en Washington de Santos, fue descartada de plano. De igual modo Kerry exigió que la justicia que se aplique a los autores de crímenes de guerra y lesa humanidad sea “significativa”. Frente a la extradición, la respuesta gringa es muy diplomática pero meridiana: respetan el derecho de Colombia a decidir si envía o no los criminales, pero ellos seguirán pidiéndolos. Si la solicitud de excarcelar a alias “Simón Trinidad” fue hecha por Santos, como algunos han sugerido, la respuesta negativa tuvo que ser más que cortante, como lo dio a entender Bernie Aronson, enviado norteamericano para las pláticas de La Habana: “Simón Trinidad es un criminal, no un preso político”. De contera descargó un subliminal mensaje: el narcotráfico –por lo cual está condenado Trinidad- no es delito político.

 

Ya la DEA y funcionarios del Departamento de Estado habían expresado, por otro lado, su descontento con el hecho de que las hectáreas sembradas con coca en Colombia hubieran aumentado significativamente en los últimos años, fenómeno incompatible con la política norteamericana, la ayuda del Plan Colombia, y la búsqueda sincera de una paz que tiene en ese negocio su principal combustible.

 

Si por los lados del ejecutivo llovizna, por los del Congreso no escampa. El mismo día que Obama envió su proyecto de financiación del “Flan Colombia” al Senado, un día después de la visita de Santos, dos importantes miembros del Comité de Relaciones Exteriores presentaron una resolución a esa corporación, siguiendo la costumbre de adoptar una política bipartidista frente a Colombia. Se trata del presidente de dicha comisión, el republicano Bob Corker, y Ben Cardin, el demócrata de más rango del mismo organismo, quienes en la propuesta fijan las condiciones para seguir apoyando nuestro país. Naturalmente respaldan los esfuerzos por conseguir la paz negociada con las guerrillas, pero advierten que debe haber "compromiso con las víctimas del conflicto armado en Colombia”, “e insta a las partes en las negociaciones a forjar un acuerdo que haga rendir cuentas a los responsables de graves violaciones de los derechos humanos y el derecho internacional humanitario y se asegure de que sean debidamente castigados". La refrendación de lo acordado, indican, debe darse luego de "un debate público informado".

 

Como se sabe, otro influyente líder y senador demócrata, Patrick Leahy, que tiene mucho peso en el Comité de Apropiaciones, encargado de examinar y aprobar la ayuda extranjera, se ha manifestado sin tapujos sobre el remedo de justicia que se pretende aplicar con los acuerdos de La Habana. No hace mucho expresó que “no puede haber una situación en donde tú puedes cometer crímenes de guerra, disculparte, y no sufrir una privación real de la libertad”. Y agregó: “Las Farc parecen creer que la privación de la libertad significa que estarían restringidos en una amplia área. Eso no sería aceptable”. Para no referirnos a las críticas certeras de Human Rights Watch, a través de José Manuel Vivanco, que calificaron la “jurisdicción especial para la paz”, como una “piñata de impunidades.

 

Como si lo anterior fuera poco, The New York Times, el más conocido y poderoso periódico de los Estados Unidos, de reconocida inclinación demócrata, se vino lanza en ristre esta semana contra el acuerdo de justicia plasmado en Cuba. “El Gobierno de Colombia y las Farc lograron un acuerdo deliberadamente confuso sobre justicia transicional el año pasado, el cual ha despertado preocupaciones válidas sobre si los serios crímenes de guerra podrán quedar, en gran medida, sin castigo”, advierte. No comparte el diario neoyorquino la idea de dejar a un lado la administración de justicia actual del país, por supuesta incompetencia, para abrazar una nueva, pues bajo esos preceptos “la perspectiva de una paz duradera estará en peligro”. Con la misma franqueza de funcionarios y congresistas que hemos citado, el editorial del NYT concluye: “Los delitos más graves cometidos por los comandantes de las Farc y el personal militar de Colombia deben dar lugar a sanciones significativas”.

 

Estados Unidos está en plena campaña electoral para escoger presidente y renovar el congreso, a fines de este año. Para el partido demócrata la situación está color de hormiga, pues no solo no domina el legislativo sino que puede también puede perder la presidencia. Tiene por tanto que ser muy cauteloso y no dar pie a los contraataques de sus rivales republicanos. No es fácil que en medio de ese panorama, corran riesgos como los de avalar que a las Farc se les lave la calificación de terroristas, o debilitar la ayuda antinarcóticos y favorecer a las narcoguerrillas, mientras crecen los cultivos ilícitos en Colombia. La exigencia de condenas “significativas” a los autores de crímenes atroces es un común denominador, que un vice-fiscal de la CPI acaba de ratificar en un foro de esta semana.

 

No suena por tanto muy halagüeña la suerte del “Flan Colombia” en su trámite en el Congreso de la Unión. Las mismas Farc, que saludaron también el “nuevo enfoque” y que ya hacían cuentas alegres con esos fondos para sus planes de “movilización política”, tendrán que ser más cautelosas. De pronto la tajada de ese flan que les corresponda no sea tan jugosa como aparentaba en un comienzo. Como igualmente difícil será allegar los cuantiosos fondos internos que demanda el “posconflicto”, pues todo indica que la fatídica y voraz reforma tributaria que se viene tendrá feroz resistencia de la mayoría de los colombianos.

 

Isagen, Reficar, el Niño, los niños de La Guajira, y tantos otros acontecimientos no habrán sucedido en vano y terminarán pasándole cuenta de cobro al inquilino del Palacio de Nariño y sus aliados de La Habana. De pronto más rápido de lo que pensamos resulten quedándose sin el flan y sin el queso.