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Guerra trifásica

Si usted ha tenido la suerte de ir a Palmira, seguramente habrá encontrado el nexo emocional con Dubrovnik o Cesarea porque al fin y al cabo es el reflejo sirio de la cultura imperial en la que fundamos buena parte de nuestra identidad. Identidad que el Estado Islámico (EI) quiere borrar a toda costa dinamitando esculturas y eliminando cristianos, a tal punto que la Comunidad de San Egidio se preguntaba hace pocos días si habría que hacerse a la idea de un Medio Oriente sin la cruz.

 

Paralelamente a este componente cultural e identitario, el EI sabe hacer la guerra en red. Mediante técnicas de estimulación tutorial y entrenamiento pasivo (redes electrónicas) recluta a centenares de deschavetados que se van a combatir en el Levante con tiquete de ida y vuelta, porque algún día sembrarán sus minas en las calles de Europa.

 

Y por último, el EI se especializa en el control territorial. A diferencia de Al Qaeda, sus pretensiones están asociadas a la posesión sistemática de recursos escasos, a la dominación integral de la población y a la expansión gradual, de acuerdo con un plan geopolítico milimétricamente concebido.

 

En resumen, se trata de lo que podríamos llamar una “guerra trifásica”, la que articula perfectamente las dimensiones primordialistas (identidad y estructuras simbólicas), las reticulares (estructuras en red y manejo del ciberespacio) y las territoriales (las primitivas, la del control puro y duro de áreas sensibles). Dicho de otro modo, la guerra trifásica excede con mucho las clásicas nociones de la normativa humanitaria basadas en la diferenciación entre “conflicto armado internacional” y “conflicto armado interno”, para plantear el debate en términos globales, locales e imaginarios (el imaginario estratégico).

 

De hecho, si el lector toma un mapa y ubica las últimas conquistas de las huestes de Bagdadi, podrá trazar una larga línea entre cuatro puntos clave que muestran el apetito geográfico y el alcance geocultural del aparato de guerra del EI: Ramadi (Irak), Palmira (Siria), Nahlé (Líbano), y Sirte (Libia, en el Magreb, y no exactamente en el vecindario). Como si fuera poco, valga recordar algo muy simple: Ramadi está a pocos metros de Bagdad, la capital de Irak.

 

¿Permanecerán impávidos Ankara, Teherán y Washington en las próximas horas, cuando las hordas de integristas inicien el asalto decisivo?