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Guerras amorfas (II)

“Se trata de ciudadanos conscientemente vinculados”

 

Nunca antes en la historia de la humanidad (piénsese en el nazismo) las más importantes potencias del planeta habían tenido que enfrentar, al unísono, a un adversario no estatal que, sin un gobierno establecido, ni reconocido, ni apoyado por otros; con una base territorial tan imprecisa como amplia; un aparato militar tan flexible pero tan asimétrico, y una cobertura virtual tan creativa como ilimitada, alterara los nervios del sistema sin dar muestras de desfallecimiento alguno.

 

Por el contrario, como red de redes, estas amenazas amorfas gozan de tan alta resiliencia que en vez de apocarse, se magnifican en la adversidad; y en vez de debilitarse, incrementan sus ingresos, no tanto por alianzas con Estados sino por la explotación autogestionada de recursos valiosos y por la afluencia de recursos provenientes de grupos de interés animados por una suerte de 'mecenazgo estratégico'.

 

De hecho, su ductibilidad, su maleabilidad, les lleva a atraer a sus adversarios (jóvenes europeos, por ejemplo) mediante una narrativa persuasivamente autoritaria que mezcla lo religioso, lo espiritual, lo político y lo patológico con el fin de que, más pronto que tarde, tales militantes regresen a sus lugares de origen con el fin de torpedear al sistema desde adentro, en una especie de efecto bumerán del que ya han empezado a verse muestras claras.

 

Este 'yihadismo paradójico' también es cualitativamente muy distinto a lo que pudo verse en los atentados a las torres gemelas cuando aviones norteamericanos, cargados de norteamericanos, derribaron símbolos norteamericanos. Ahora se trata de ciudadanos conscientemente vinculados, entrenados y decididos a violentar el sistema regresando a convivir en él, así que tampoco se trata de la típica noción del caballo de Troya.

 

Noción que, de todas maneras, subsiste (fortaleciendo así el amorfismo), porque ante la afluencia de inmigrantes procedentes de las áreas en donde el Estado Islámico concentra sus operaciones directas, los europeos, como por ejemplo, un prominente líder católico, el cardenal Antonio Cañizares, de Valencia (España), han llegado a preguntarse:

 

"¿Esta invasión de emigrantes y de refugiados es todo trigo limpio? ¿Vienen simplemente porque son perseguidos? ¡Muy pocos lo son! ¿Dónde quedará Europa dentro de unos años? No dejemos pasar todo porque hoy puede ser algo que queda muy bien, pero, realmente, se trata del caballo de Troya dentro de las sociedades europeas".