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Hay que ampliar los delitos políticos

La frase del título no es nuestra, ni Dios permita que lo fuera. Las malas frases son por estos días propiedad exclusiva de Juanpa y De la Calle, dichas para encubrir peores intenciones.

Para que vayamos al grano deberemos recordar que son delitos políticos aquellos que se cometen contra el Estado, tal como anda establecido, con el propósito de levantar otro, tal como anda establecido en la mente de los conspiradores.

No de ahora, sino de mucho tiempo atrás, se ha definido que son delitos políticos la rebelión, la sedición y la asonada, con cuya sanción tienen los establecimientos de turno medios suficientes para defenderse de los que no los quieren y para perdonarlos cuando venga la ocasión. Hay un cierto tono distinguido en los delitos políticos, lo que permite que quienes los hayan cometido sean congresistas, por ejemplo, y que puedan ser perdonados en toda la línea sin muy grave daño para la sociedad y el orden establecido.

Otra cosa muy distinta, que por lo mismo tiene trato muy distinto, son los delitos atroces, o de lesa humanidad, o violatorios de los derechos humanos, que los rebeldes, sediciosos o autores de asonadas puedan cometer cuando están en sus andanzas. Si los rebeldes entran en batalla leal con las fuerzas armadas, si se toman una ciudad o una región, si destruyen los elementos de guerra del enemigo, están en los límites de su delito. Pero si a propósito de sus acciones asesinan gente inocente, si violan las mujeres, si ponen bombas para destruir acueductos o redes de energía, si atacan las ambulancias, si secuestran a los que no son combatientes, siembran minas para producir terror o vuelan poblados indefensos, no tienen perdón. Han pasado los límites de la acción política y se han metido de lleno en el campo del terrorismo.

Al final de la contienda, que suele acabar todo lo que un día empieza, el problema es precisamente saber lo que se perdona y lo que es imperdonable. Y surge el inevitable conflicto entre la conveniencia del momento, que sugiere terminar a toda costa el conflicto, o el orden de la sociedad futura, que advierte que perdonar hoy es sembrar la guerra de mañana. La magnanimidad ha sido muchas veces el comienzo de nuevas atrocidades.

Los que redactaron los tratados internacionales tuvieron presente este problemita, como no podía ser de otro modo. Y se decidieron por la línea de condenar sin contemplaciones las acciones intolerables, a ciencia y paciencia de que así podían entorpecer acuerdos de paz, que se cimentaran sobre el olvido y el perdón absolutos. Esos acuerdos no sustentan una paz duradera. Esos acuerdos son meras treguas, soluciones aparentes que conducen a nuevos actos de violencia, cada vez peores. Eso fue lo que pensaron los redactores del Tratado de Roma, y lo que resolvieron los Estados signatarios y adherentes, que son los que forman la sociedad civilizada de nuestro tiempo.

Colombia tuvo largo espacio para meditarlo. Colombia, que desde 1886 había prohibido amnistías e indultos para delitos atroces, tomó el riesgo y se sumó a la valoración política descrita. No habrá tolerancia con el terrorismo, en ninguna de sus expresiones.

Pues acontece que Juanpa está metido en la grande. Si cumple lo que tiene que cumplir, espanta a sus muchachotes de La Habana, todos autores de esos delitos que el mundo considera intolerables. Y si no lo cumple, se mete en un lío inmanejable con el mundo libre y democrático. ¿Qué hacer?

Pues ante semejante lío, surge el Juanpa que conocemos. El hombrecito que no tiene más regla que la de su conveniencia, ni más aspiración que la de pulir su imagen. Y resuelve que no está equivocado, sino que se equivoca el resto de la humanidad. Y pide “comprensión” para lo que quiere hacer, que es precisamente perdonar lo imperdonable, con tal de traer a Timo al Congreso, impedir su castigo, permitirle que lave sus fabulosos activos y que no sea nunca extraditado a ninguna parte.

Pero Juanpa no se subleva solamente contra el orden internacional vigente. También desafía la opinión colombiana, que en más del ochenta por ciento estima la suya pésima idea, y que no está dispuesta a pagar el precio que se le pide. Venga la paz, pero no a lomo de la impunidad y el mal ejemplo. Este país tiene memoria fresca de lo que producen estos perdones.

Juanpa y De la Calle no saben qué hacer. Y se juegan sus restos, aterrorizar diciendo que los que quieran paz tienen que condescender con el terror. Porque si no, tienen la guerra. En dos palabras, a eso se contrae la famosa ampliación de los delitos conexos. A una claudicación y una alcahuetería moralmente putrefacta y políticamente insostenible. Lo demás es adorno y mala literatura.