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La derrota de Evo

Evo Morales, una de las cabezas visibles de la izquierda populista latinoamericana, ha sido derrotado en las urnas bolivianas. El embeleco de referendo para reelegirse hasta el 2025 se hundió.

 

Si bien su política económica le ha dado aceptables resultados, con un crecimiento económico significativo y una considerable disminución de la pobreza, el hecho de querer convertirse en presidente cuasivitalicio a través de un partido y pensamiento único, hizo que la derrota lo cobijara.

 

Pero no solo sus sueños mesiánicos contribuyeron a su catástrofe electoral, sino el estallido de acusaciones por corrupción. A medida que prolongaba su mandato con aires cesáreos, les iba tomando confianza a las arcas públicas para mover el tráfico de influencias, ese vicio que no es extraño en muchas de las repúblicas bananeras del continente. Llenó de contratos millonarios a sus favoritos y exfavoritas. Así dio manivela a la corrupción, factor común de nuestros déspotas tropicales.

 

Los pueblos latinoamericanos se van volviendo, por hastío, poco tolerantes con los escándalos de corrupción en el manejo de los dineros públicos. Pasan errores cuando son de buena fe, o metidas de pata por torpeza e ingenuidad de sus mandatarios. Pero comienzan a repugnarles aquellos actores que meten las manos en la administración de los recursos públicos.

 

Claro que Evo aún tiene hasta el 2019 para seguir gobernando en autocracia. Controla, como todo capataz tercermundista, el Tribunal Constitucional, la Corte Suprema, el poder electoral y el Legislativo. Por ello es capaz de cualquier estratagema inescrupulosa. Frente a esa posibilidad, en estos años que faltan para nuevas elecciones, ese país y sus opositores deben prepararse para cualquier sorpresa ingrata contra la democracia.

 

No le valió a Evo polarizar en su campaña a la opinión con maniqueísmo, algo similar al que hoy se estila en Colombia. Si gritaba que votar Sí a su referendo era estar con su país y votar No era apoyar al Imperio, aquí en Colombia a quienes discrepan del contenido del plebiscito santista se les señala sin ningún escrúpulo como enemigos de la paz, y a quienes lo apoyan se les unge como hijos predilectos de la concordia. Y eso que al perder Evo, con un 60 % de apoyo popular y una política económica aceptable, difiere de Santos que apenas llega al 16 % de imagen positiva (YanHaas Poll, febrero 2016) y con una economía con claras posibilidades de entrar a cuidados intensivos como lo prevén organismos internacionales, que comienzan a descalificarla.

 

Ya a Evo se le murió Chávez, su mecenas e inspirador. Se cayó de bruces la Kirchner en Argentina. Ve con angustia el hundimiento de Maduro. Se agota la vida útil de Dilma en el Brasil y de su compadre Lula por pruebas de corrupción. Ollanta Humala en Perú se habría metido millones de dólares en su bolsillo. Correa en el Ecuador desiste de más reelecciones. ¿Comenzaría el naufragio del socialismo siglo XXl en estas repúblicas tercermundistas?

 

P. D.: Dice Óscar Alarcón en sus Microlingotes: “El plato que ofrecen ahora en Palacio: conejo al horno en salsa de almendras…”.