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La farsa de la firma (1)

COMO no fue posible el abrazo de Santos y Timochenko en La Habana, en medio de los aplausos y las lágrimas de Raúl, Kerry, Obama y Francisco, vale la pena preguntarse algunas cosas.

 

Por ejemplo, ante el escepticismo en las encuestas, ¿qué tan sostenible puede ser el resultado de las negociaciones por encima y por debajo de la mesa?

 

¿Por qué a pesar de haber declarado el cese unilateral del fuego y de hostilidades, las Farc siguen intimidando, persiguiendo y extorsionando a lo largo y ancho del país?. 

 

Además, imponen su agenda y manipulan recurrentemente al Gobierno. 

 

En consecuencia, el ciudadano lo vive y lo percibe.  Y por eso, seguirá rechazando el proceso.

 

Por otra parte, ¿qué tan sorpresivo será que sigan postergando la firma del acuerdo o, más bien, que de un momento a otro les entre el arrebato y decidan suscribirlo para que el mundo entero le dé la bienvenida al Renacimiento?

 

Porque las Farc terminarán firmando un acuerdo.  De eso no hay duda. 

 

Pero solo lo harán cuando el Gobierno acceda a todas sus pretensiones, como ha venido haciéndolo, para preservar el diálogo como su gran logro histórico. 

 

Precisamente por esa delicada ecuación, habrá un acuerdo; pero no será un acuerdo de paz.

 

Asimismo, resulta interesante pensar desde ahora en lo que será la trampa de la cacareada reintegración de los miembros de las Farc.

 

Porque si algo está cada vez más claro es que el Secretariado no desea una reintegración a la democracia liberal contra la que siempre ha luchado.  Eso sería simple entreguismo revolucionario y una derrota estratégica. 

 

Lo que ellas quieren es refundar el Estado mediante la negociación complaciente y los privilegios otorgados por el Gobierno. 

 

Todo ello,

 

(a) Sin renunciar a la violencia,

 

(b) Sin reparar con su riqueza a las víctimas,

 

(c) Sin restituir los bienes a sus legítimos dueños, y

 

(d) Sin cumplir penas privativas de la libertad en razón de los crímenes atroces cometidos hasta la fecha.