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La nueva Bogotá

La decisión que tomen los ciudadanos el próximo 25 de octubre estará muy lejos de tener un significado apenas rutinario para la capital del país.

 

En realidad, quienes acudan a las urnas a elegir el nuevo alcalde van a emitir un veredicto acerca del rumbo que desean darle a la ciudad.

 

Pero, además, harán una manifestación de voluntad con respecto a su propósito de ser parte activa o no en los esfuerzos que deben hacerse para que Bogotá tenga el futuro que desean sus habitantes y necesita la nación.

 

Lo único que no puede suceder es que los electores miren el proceso que se está adelantando como un capítulo más de la novela electoral.

 

Es tan honda la crisis que padece Bogotá, y tan profunda la falta de credibilidad de los electores en la posibilidad de mejorar las cosas que, quiérase o no, lo que se decida tendrá un significado superior al que se imaginan los votantes.

 

Leer las opiniones de los alcaldes elegidos popularmente, que fueron recogidas por Lariza Pizano en un libro aleccionador, ayuda a entender mejor lo que está sucediendo.

 

Y, también, preocupa.

 

Lo que se encuentra es que a partir de Andrés Pastrana y hasta Gustavo Petro no hay un hilo conductor que le dé alguna continuidad a la acción gubernamental.

 

Es natural, desde luego, que cada mandatario le haya dado un énfasis distinto a su tarea.

 

No obstante, resulta imposible identificar el asomo de una visión global de ciudad a partir de 1988.

 

Durante todos estos años se han vivido momentos de depresión colectiva, pero también de optimismo.

 

Varios de los programas que se ejecutaron fueron complementarios en la práctica, lo cual dio lugar a que se calificaran bien distintas gestiones.

 

Basta recordar la opinión favorable que rodea las gestiones de Jaime Castro, Antanas Mokus y Enrique Peñalosa, las cuales, miradas en conjunto, se consideran como una etapa dorada de la administración distrital.

 

Antes y después de esos gobiernos se hacen juicios favorables unos, adversos otros, como es usual.

 

Sin embargo, no aparece un proyecto de futuro que trace las líneas de una acción continua.

 

En general, los distintos alcaldes reclaman el éxito de algunos programas.

 

Pastrana reivindica la privatización de las basuras y el proceso de troncales de buses; Caicedo Ferrer los Cades (Centros de atención especializada) y los Camis (Centros de atención médica inmediata), que califica como una revolución silenciosa; Garzón la Bogotá sin hambre, la actitud política conciliadora e incluyente y la restructuración administrativa y Petro la inclusión y la superación de la pobreza tradicional como la esencia del proyecto de Bogotá humana.

 

Si a lo anterior se suma el estatuto orgánico y la recuperación de las finanzas de Castro, la cultura ciudadana de Mokus, y la calidad de vida para los ciudadanos mediante espacios públicos peatonales de Peñalosa, se completa el catálogo de prioridades de las distintas administraciones desde 1988.

 

Infortunadamente, hoy, la sensación es que se vive en una ciudad caótica, que ha sido coto de caza de la corrupción, y que está colapsando.

 

El próximo alcalde tendrá la responsabilidad de trazar un rumbo, darle una visión a la capital que defina caminos de continuidad hacia el futuro, y de emocionar e ilusionar a los habitantes de la ciudad con su papel de socios, arquitectos y constructores de la nueva Bogotá.

 

Claro que se requieren buenos proyectos, pero lo de fondo es trabajar con la gente, movilizar a la gente, edificar dicha nueva visión con la gente, y cumplir de la mano de la gente.