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La tragedia griega

Cada día que pasa la imagen y los resultados institucionales se deterioran. La imagen del Legislativo, Judicial y Ejecutivo se arrugan y gangrenan. ¿Cómo aguantan tanto desprestigio? Y lo peor es que hacen poco esfuerzo para levantar su estropeada imagen. Parecería que cierto fatalismo ahogara la institucionalidad colombiana para conformarse con la tragedia que ya se asemeja a la griega, dado el conflicto entre el hombre, el poder y las pasiones.

 

Santos, cabeza del Ejecutivo, ha dilapidado su capital político con un proceso de paz cada vez más contradictorio para el país sensato. Cree que sin modificaciones al acuerdo logrará la paz. No se detiene a pensar hasta dónde puede ceder para no degradar al Estado y a la sociedad. Oscila entre la ingenuidad y la marrulla. Y así ha abandonado otros frentes del desarrollo económico y del progreso social. Con razón en la encuesta Gallup, el 72 % desaprueba su gestión.

 

En el manejo de la economía el resultado no puede ser peor. La percepción ciudadana, según aquella encuesta, arroja que el 82 % de los entrevistados la “rajan”. Las proyecciones del Emisor así lo confirman cuando en sus cálculos sobre su crecimiento para este año, la aforan en un 2.5 %. Los déficits de las balanzas de comercio exterior y el fiscal, el alto monto de la deuda externa empeoran la salud del Gobierno.

 

La corrupción ya es rampante. Cobija a los tres órganos del Estado. Santos va a Londres a dictar cátedra de buen y transparente gobierno. Allá no solo le recordarán que el 85 % de los colombianos estiman que ese combate se va perdiendo, sino que en la capital británica se acaba de conocer un estudio en donde un 80 % de los empresarios aceptan en Colombia el soborno como práctica habitual en sus negocios. Un mandatario decoroso, para no hacer semejante oso, daría la orden de apagar las turbinas del jet presidencial.

 

La inseguridad es la tercera materia básica en la que sale reprobado. Un 88 % percibe que la seguridad se acaba. No hay fuerza pública eficaz para frenarla, ni jueces para aplicar justicia, ni cárceles para confinar a los delincuentes. En esta materia todo es un fracaso.

 

Los ciudadanos en un 90 % opinan que el costo de vida es insoportable. Un 83 %, que la calidad y cubrimiento de la salud es mala, dado el fraude y las trampas contra el sistema. Un 74 %, que las políticas para combatir el desempleo no operan. Un 70 %, que la lucha contra la pobreza ha sido una quimera. Un cuadrilátero en donde cualquier pugilista con semejante paliza tiraría la toalla.

 

El desgaste político de Santos y las instituciones es evidente. Sería una sobredosis de cinismo ocultarlo. Pocas veces se había visto un desencanto tan evidente en sus Cortes, en su justicia y en su Congreso. Y sobre todo en su Jefatura de Estado –en un sistema presidencialista– con índices de aceptación deshonrosos. Sin credibilidad, sin institucionalidad, ¿será posible reconstruir el tejido social, económico y político de la nación? Sin confianza en las instituciones y sin liderazgo presidencial, ¿cómo se manejará el desarrollo y culminación del postconflicto?.