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¿Libertad de ofender?

El liberalismo clásico defendida la libertad de expresión y no admitía límites; todo podía decirse, y hacía parte del deseo social que nadie fuera molestado por sus opiniones aun cuando fueran ofensivas, falsas o crueles. La limitación era la calumnia o injuria. Sin embargo, nuestro tiempo empieza a cuestionarse esta amplitud. Las tensiones son evidentes ¿Se resguarda en la libertad de expresión aquello que puede resultar ofensivo para muchos? ¿Los cometarios racistas, sexistas, las ofensas contra una religión deben ser defendidos o prohibidos?

 

Un artículo publicado por el magazín de la BBC que trata estos temas concluye que debemos defender el derecho a ser ofensivos. Pareciera que hemos olvidado que las opiniones mayoritarias no necesitan ser protegidas, esas pasan desapercibidas, no generan discusión ni molestia. Son las opiniones minoritas, controversiales, las que no compartimos las que se refugian en la libertad de expresión.

 

Si optamos por la libertad total tendríamos que tolerar todo tipo de comentarios y opiniones. Si decidimos restringir la libertad podemos, según Stuart Mill, impedir el debate en la sociedad y por lo tanto dificultar o imposibilitar los cambios.

 

¿Charlie Hebdo puede insultar la religión musulmana y ellos expresar su descontento con bombas? ¿Sería aceptable un bloqueo de redes? El Papa refiriéndose a los límites de la libertad de expresión dijo que si alguien insulta a su madre, recibe un puño. Luego puntualizó que no está de acuerdo con el uso de la violencia jamás, pero exigió respeto por las creencias religiosas.

 

Si bien hoy no hay cadena perpetua por las opiniones como la tuvo que enfrentar Galileo o pena de muerte, como Camilo Torres Tenorio; hoy tenemos unas mayorías que linchan y destruyen carreras. Un asomo a las redes sociales deja ver el destino de quienes no piensan igual. Ridiculizan, insultan, ofenden a quien se atreve a opinar distinto, y lo hacen bajo la salvaguarda de que es una reacción merecida o justificada. Usan y abusan ellos también de la libertad de expresión. El linchamiento no puede desligarse del fenómeno del “bullying” o matoneo; donde uno o varios acosan a otro hasta obligarlo a doblegarse o a retirarse o a callarse.

 

Los casos son notorios; el premio Nobel Tim Hunt tuvo que renunciar a ser profesor de la Universidad College of London pues fue calificado como sexista al decir que hombre y mujeres en un laboratorio terminaban enamorados y que una crítica profesional las hacia llorar. Hace pocos días el demócrata Dan Kimmel tuvo que renunciar a su candidatura a la Cámara por un Tweet donde dijo que ISIS no era necesariamente malo, aunque la violencia no era la respuesta. El matoneo a María Fernanda Cabal por comparar a ISIS con las Farc ha sido implacable, o al Procurador por oponerse al matrimonio igualitario.

 

Las amenazas a la libertad de expresión ya no son los gobiernos tiránicos, tanto como los recursos estatales para la pauta; ya no son los poderosos sino los fanáticos, ya no es la autoridad sino la masa que no respeta las opiniones que cuestionan sus creencias. El debate apenas empieza.