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Lo que no dirá Santos

Todos tenemos bien sabido lo que Santos dirá en Oslo cuando llene su vanidad el Premio Nobel que le entregará Noruega, a costa de Colombia. Los payasos divierten pero cansan. Se repiten tanto…

 

Pero más que lo que dirá, estamos ciertos de lo que va a callar.

 

Con absoluta seguridad omitirá en su discurso el pequeño dato de que su paz encierra el perdón a los peores delincuentes del mundo. Que los sedicentes rebeldes con los que trata han asesinado a mansalva y sobre seguro a miles de colombianos inocentes; que tienen todavía en su poder más de seiscientos secuestrados de los que nunca sabrán nada sus familias; que han reclutado miles de niños para utilizarlos como escudos protectores contra el Ejército; que se han robado miles de niñas para convertirlas en sus esclavas sexuales, que las han embarazado y condenados al aborto brutal, que para muchas ha valido la muerte; que se han robado, a sangre y fuego, centenares de miles de hectáreas de tierra a los campesinos que los odian; que con bombas han destruido iglesias llenas de fieles aterrados, hombres, mujeres y niños, a los que han volado sin compasión; que en las ciudades han ejecutado mortales explosiones contra centros sociales llenos de familias y en las calles contra los periodistas que los critican; que han asaltado más de un centenar de poblados indefensos con artefactos prohibidos en el Derecho Internacional Humanitario, para luego robar sus tiendas, saquear sus bancos, asesinar los pocos policías que cuidaban la paz de esos lugares y rematar la faena llevándose los niños y las niñas de más de doce años de edad; que constituyen el peor cartel de narcóticos del mundo, con lo que han amasado gigantesca fortuna, destruyendo a su paso los bosques que son patrimonio de la humanidad; que también envenenan y convierten en lodazales inmundos los ríos más caudalosos de Colombia, para robarles el oro que va en sus entrañas; y que tienen sembrado el territorio de Colombia de minas antihumanas, que destruyen, en doloroso promedio, dos personas a la semana, de cada mes, de cada año.

 

Santos no dirá nada de eso, por supuesto. Y no contará que todas estas cosas las ha permitido y estimulado, con tal de buscar el apaciguamiento de esas fieras y el Premio Nobel que se le otorga y quedará para siempre manchado de sangre.

 

Se le escapará el pequeño detalle de que el pueblo rechazó en las urnas, convocado por él mismo y en ejercicio de su soberanía, el Acuerdo maldito celebrado con esos delincuentes. Y que después de la derrota se asoció con los otros grandes derrotados, los parlamentarios amigos, para robarse el resultado, traicionar la voz del pueblo y presentarse en Oslo como campeón de esa paz despreciable.

 

No dirá Santos que para asegurar su proceso de rendición ante esos criminales tuvo que pagar la adhesión de sus compinches políticos, con lo que logró convertir a Colombia en uno de los países más corruptos del mundo. Que con esos cómplices se robó entera una bonanza petrolera que no volverá, y que endeudó a Colombia tanto como todos los Presidentes en los anteriores 200 años de vida republicana.

 

Ocultará ante el mundo que la inseguridad en las ciudades es atroz y que en todas campean las llamadas “ollas” del narcotráfico, donde las FARC distribuyen su cocaína, envician a los niños, acaban con los adictos y sus familias e irradian todos los espantables delitos que les garantizan su dominio sobre el hampa y su poder sobre los civiles.

 

Santos no dirá que tiene el país en la ruina y que para salvarse está ordenando una reforma tributaria que empobrecerá más a los pobres y dañará irreparablemente la República.

 

El gran Narciso de América se seguirá mirando en la fuente que le devuelve su figura galardonada. Pero los perros vengadores llegarán algún día.