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Manivela de Misiones

Si hay un país en la región en donde abundan los diagnósticos y las recomendaciones elaboradas por misiones internacionales para el manejo social y económico del país, ese es Colombia.

 

Desde 1923 esta nación ha visto desfilar diversas misiones. Arrancan con la que fuera muy efectiva como la Kemmerer, que crearon el Banco de la República, la Contraloría General, la Superintendencia Bancaria y dio lecciones para elaborar el presupuesto nacional. Fue en el gobierno progresista de Pedro Nel Ospina.

 

Más tarde vino el economista Lauchlin Currie y dejó sus huellas sobre la organización agrícola e industrial. En 1954 llegó la Misión de la Cepal. En el gobierno de Valencia apareció la Misión Taylor y más tarde la famosa Lebret, que hizo los primeros estudios sobre la redistribución de la riqueza, la injusticia con la pobreza y la elevación del nivel de vida.

 

Pero la manivela de misiones no ha dado tregua. Llegaron al país a sembrar expectativas y esperanzas. Carlos Lleras trajo la Musgrave, que diseñó las bases de una menos anticuada reforma tributaria. Y estando Juan Manuel Santos de ministro de Hacienda en el gobierno de Andrés Pastrana, se formó la Misión del Ingreso Público, que trató aspectos fiscales, como el diseño de una nueva reforma tributaria. Idea que ahora se revive con otra nueva misión de “sabios” que deben elaborar una reforma estructural que le dé operancia a un sistema caduco, desvertebrado y atomizado en sus disposiciones y cobertura.

 

Hace 21 años, para seguir en la moda de nombrar Misiones y Comisiones que alegren la organización burocrática colombiana, César Gaviria formó la de Sabios. Fueron diez los escogidos para trazar la ruta que nos llevara a la conquista de la ciencia y la tecnología. Había en esa misión hasta novelistas como García Márquez. Y neurofisiólogos como Llinás y microbiólogas como Ángela Restrepo. Trabajaron con ahínco y dejaron una serie de recomendaciones que dos décadas después no se han cumplido ni siquiera en un porcentaje decoroso.

 

Allí se planteó que en 1998, cuatro años después de establecida la Misión, el país debía invertir por lo menos 1 % del PIB en Ciencia y Tecnología. Y que en diez años debíamos estar en el 2 %. Deplorablemente no hemos podido pasar del 0,6%, cifra que revelan en su estudio Eduardo Posada y Fernando Chaparro. Y no pasaremos porque en el presupuesto nacional se recortaron sus partidas en cerca del 20 %. Tamaña cicatería nos sitúa por debajo de países como Brasil, Chile, Costa Rica, “que están haciendo inversiones importantes”.

 

Así que en esta fila de misiones, comisiones, informes que atiborran al país de diagnósticos, es poco lo que se han aprovechado sus recomendaciones y conclusiones.

 

Lo de innovar, investigar, reconvertir, tecnificar, fortalecer la productividad, son palabras que muchas de esas misiones han consagrado en sus memorias y que se han quedado petrificadas en las muchas páginas de buenas intenciones que hoy llenan numerosos anaqueles de la desidia estatal.

 

Si se hiciera un balance riguroso del costo/beneficio de tantas misiones, intuimos que arrojaría saldos negativos, dado el desaprovechamiento de sus mejores conclusiones y el alto costo de sus asesorías .