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No puedo leer la mente de Santos

“Yo no puedo leer la mente de Santos, pero sí puedo leer los textos que firmó en La Habana”, dijo Álvaro Uribe en una entrevista concedida al periódico El Mundo en su reciente viaje a España. Esta frase me ha dado una pista para entender lo que ocurrió el 2 de octubre pasado con el triunfo del NO y lo que acaba de pasar en USA con la victoria de Donald Trump, hechos que demuestran madurez política de los ciudadanos.

 

Pasar del juego de la simulación y la distorsión, generada por los políticos y sus aliados en los medios de comunicación, a una seria actitud asumida individualmente y sin temor a la burla y la descalificación de quienes se muestran poderosos, infalibles y arrogantes por su cercanía al poder, es lo que llamo madurez.

 

“¡Ahora no vas a decir que te gustaría que gane Trump!”, me dijo mi hija hace apenas dos días. Le causaba risa que, además de ser “uribista”, su querido padre fuera “trumpista”, y, con sorpresa hasta para mí mismo, admití que sí, que realmente quería que ganara Trump.

 

Pude exponer mis razones a partir de lo que había leído y no de lo que pretendían hacernos creer quienes mostraron claro desprecio hacia el candidato republicano. Hace seis meses, en el metro de Nueva York, compré un ejemplar de una edición especial de Time dedicada a Donald Trump. Para mi sorpresa era el último ejemplar que quedaba en el puesto de venta. Desde ese momento empecé a ver que Trump podría llegar a la presidencia del país más poderoso del mundo. Mientras quienes se burlaban de él lo hacían con bombos y platillos se estaba gestando el voto silencioso que ayer se manifestó en las urnas, fue lo que alcancé a colegir de la lectura de esa revista.

 

En contraste y con total desconcierto encontré, unos días después, un ejemplar de la revista Semana en la que su artículo principal estaba dedicado a burlarse de Trump de la manera más grosera. “Donald Trump. De payaso a candidato” estaba escrito en grandes letras sobre la portada de esa revista otrora respetable y ahora totalmente desprestigiada al mostrar todo lo peor que puede dar el periodismo cuando pierde su norte.

 

“Donald Trump, el hombre más peligroso del mundo”, fue otro titular de la misma revista con la que pretendía ganar puntos ante la candidata demócrata afín a las pretensiones del gobierno de Santos, para quien trabaja dicha publicación, de entregarle el país a los terroristas de las FARC, estos sin lugar a dudas de los más peligrosos del mundo entero.

 

No entendía como un medio como Semana que posa de “serio” se destapaba de tal forma en su más abyecto amarillismo con un tema tan delicado como las elecciones en USA. Tratar de esa forma a quien podría en ese momento, a pesar de todos los indicios y como quedó demostrado ayer en la noche, llegar a ser el presidente de Estados Unidos de América lo veía como un error garrafal y una falta del más elemental tacto. Pudieron regodearse en su matoneo mediático creyéndose, en su prepotencia, infalibles, auspiciados por un régimen corrupto. Hasta ahí les llegó la farra.

 

La responsabilidad de una revista va más allá de opiniones y mezquinos intereses. En un momento en que la crisis de los medios está por estallar y cuando la audiencia ha madurado y no tolera que se le manipule, el amarillismo es el peor recurso al que puede acudir.

 

Porque quienes hemos tenido que padecer las descalificaciones de los que detentan el poder y de sus áulicos, desde los grandes hasta los más pequeños, embriagados de arrogancia y desprecio hacia quienes expresamos repudio por un estado de cosas construido a partir del engaño y la mentira, hemos sabido madurar manteniendo la frente en alto ante nuestros detractores y sus peyorativas críticas y no nos vamos a dejar de ninguna manera.

 

En ese camino hacía la madurez ha sido fundamental cambiar la manera de mirar los acontecimientos y las persona. Leer lo que está escrito, en vez de pretender leer la mente de quienes lo escribieron, es lo que nos permite impedir la manipulación a la que hemos estado expuestos durante años. Álvaro Uribe lo sabe muy bien y es de ahí que han surgido los argumentos que, como troncos, son los que conforman el dique que ha impedido que las aguas turbias se desborden arrasando con lo que queda de democracia en Colombia.