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Noto muy preocupado a mi padre

Me permito compartir con ustedes la inquietud que me provoca ver a mi padre tan preocupado. Considero de suma importancia atender, en un momento tan crítico, lo que nos puedan decir nuestros mayores.

 

Así como mi padre está intranquilo lo están muchos de su generación y no es para menos. Por ejemplo, hace unos meses Juan Gómez Martínez manifestó que Colombia pasa por el peor momento de su historia y muchos de nuestros mayores coincidían con esta aseveración. Me pregunto qué pensarán ahora cuando las cosas han empeorado notoriamente. Por mi padre conozco cual es la respuesta a ese interrogante.

 

Tal y como lo han expresado mi padre y el connotado periodista paisa, son muchos los de esa generación, compuesta por los que han sobrepasado los ochenta años, que, habiendo vivido momentos dramáticos de nuestro devenir, consideran, sin lugar a dudas, que este supera a todos en gravedad.

 

De pronto para cualquier joven que haya pasado una buena parte de su corta vida en la era Uribe y que ha disfrutado de un clima de relativa prosperidad y calma que le ha permitido vislumbrar su futuro con mucha más apertura que la que nos tocó a las generaciones anteriores, y muy especialmente a la de mi padre, el que los abuelos estén inquietos sea algo trivial. Claro que hay excepciones y, con seguridad, algunos nietos han prendido las alarmas al escuchar de sus abuelos decir que estamos pasando por una zona de máxima peligrosidad.

 

De todas maneras es comprensible la desestimación del peligro por parte de una mayoría, entre las generaciones más jóvenes, porque pareciera que Juan Manuel Santos haya aprendido de Chávez que es necesario dosificar el desastre para que sus pueblos se vayan aclimatando a él. Pero las cosas se ponen peor cuando las calamidades vienen con cuenta gotas.

 

Si imaginamos un terremoto intermitente en el que hoy se mueve un poco la tierra y se caen algunos muros y mañana otro poco empezando a caerse una que otra casa y así día tras día hasta que comienzan a caerse los edificios más sólidos, nos tendríamos que acostumbrar a vivir en un mundo de ruinas sin posibilidad de ponernos en la tarea de la reconstrucción como, en cierta forma, pasó con los bombardeos consecutivos sobre las ciudades alemanas durante la Segunda Guerra Mundial. De igual manera podríamos imaginar tsunamis, huracanes o tornados o recordar lo que ocurre con las enfermedades asintomáticas que van haciendo terribles daños y sólo se manifiestan cuando el paciente está al borde de la muerte.

 

Mi padre está especialmente preocupado luego de lo que ocurrió el miércoles pasado alrededor del indignante estrechón de manos entre tres personas de muy dudosas calidades, que los medios vinieron a calificar de momento histórico. ¿No sería más bien un momento histriónico o, siguiéndoles el jueguito, un momento que quedará gravado en la historia de la ignominia política de nuestro pueblo para nuestra total vergüenza?

 

Todo estaba “libretiado”, como también nos tienen acostumbrados: Viaje a Cuba de Juan Manuel Santos -¿por qué no si hasta el Papa fue y estrechó la mano, no sólo de Raúl sino de Fidel?- pretendiendo con eso atraer las cámaras y convertirse en protagonista en Nueva York, ¡nada más y nada menos que Nueva York! ¡Qué lujo de oportunidad para nuestro histrión nato! Y en Nueva York -no lo puedo creer ¡Nueva York!- montar un show mediático, del que no conocemos cuanto nos costó, con todo y pantalla gigante en Time Square -¡Time Square! No quepo en mi mismo de la dicha- para proclamarse el “hombre de la paz”.

 

Pero hay un problemita: este show puede descrestar calentanos pero allá qué diablos les va a importar que un remedo de emperadorcito se tome una de las pantalla en las que promueven bebidas gaseosas, eventos deportivos y hasta ropa interior, lo que sea con tal de que paguen, para decir sus desabridas palabras.

 

Pero si de esos shows de costosa publicidad ya fueron realizados por Maduro, en el New York Times, y Correa, en el Super Bowl, por qué no va a tener derecho nuestro emperadorcito. No se puede desperdiciar un viajecito a Nueva York, la ciudad de los valientes. ¡Qué sueño de ciudad para quien quiera triunfar!

 

Y este hombrecito de la paz viene con derroches chavistas a ofrecer 5.000 hombres para las Misiones de Mantenimiento de la Paz condicionada a la firma de los acuerdos con los que entregará definitivamente el país a los narcoterroristas.

 

Mi querido padre está muy preocupado hoy y, lamento decirlo, lo estará mucho más mañana.