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¿Por qué se van?

Muchos empresarios están preocupados por el futuro incierto de Colombia, con un sistema tributario absurdo.

 

Empresas manufactureras como Chiclets, financieras como Citibank, muchas petroleras, automotrices como Mazda, mineras como Anglo American, del sector de la gran distribución como Polar y Ripley son los nombres más conocidos de empresas que se retiran de Colombia. ¿Por qué se van? Si el gobierno insiste en que nuestro país es el más atractivo dentro de las naciones emergentes, ¿por qué en la realidad muchos consideran que no es un buen lugar para hacer negocios? ¿Por qué en el 2015 la inversión extranjera neta cayó en un 43 por ciento y en el mes de enero de 2016 en un impresionante 59 por ciento? No se supone que la perspectiva de la paz, del fin del conflicto, nos hará la joya más deseada de la economía mundial?

 

Las empresas se van porque la rentabilidad esperada de los negocios no es atractiva. Como los capitales sin móviles, se dirigen a destinos donde la productividad y la competitividad son mejores. Es lo que explica que los flujos de capital sean positivos o negativos dependiendo del atractivo que tiene una economía.

 

Las causas de esa baja rentabilidad son múltiples. Un primer problema es la estructura de costos. En Colombia muchos factores de producción no son baratos. Ni el capital ni la tecnología son atractivos cuando se expresan en dólares. Los servicios públicos son onerosos y especialmente la energía, una de las más caras en el continente. Los insumos importados también son poco competitivos pues el arancel promedio sigue siendo alto y los costos de importación (fletes y seguros internos) también lo son. Un empresario que opera en Colombia debe asumir unos costos adicionales que no se encuentran en otras partes como los relacionados con seguridad.

 

Del lado de los ingresos, nuestro mercado es interesante en tamaño (47 millones de habitantes) pero mucho menos en poder adquisitivo. El ingreso per cápita (USD 8000) es todavía bajo y la capacidad de compra se concentra en los altos salarios que, en muchos casos, prefieren comprar en el exterior donde los márgenes son menos altos. Pero el mayor problema es este campo es el de las economías de escala. Para mejorar la rentabilidad es necesario mercados ampliados que permitan reducir el costo unitario producido. Nuestros esquemas de integración (Comunidad Andina, G-3, Caricom, etc.) están en crisis. Los vecinos cercanos (Venezuela y Ecuador) tienen graves crisis económicas que no los hacen atractivos. Producir entonces para el mercado doméstico no permite en muchos casos los niveles de rentabilidad exigidos por las casas matrices de las multinacionales.

 

Pero lo que es más perjudicial es el elevado número de factores que generan incertidumbre y por lo tanto incrementan la percepción de riesgo de las inversiones en Colombia. La inseguridad jurídica es la peor de ellas pues la interpretación de las normas por jueces y funcionarios públicos es caprichosa e inestable. Cualquier discrepancia comercial, tributaria o laboral puede dar lugar a pleitos eternos con resultados inciertos. La burocracia inoperante, la justicia inexistente con su creciente nivel de corrupción, aumenta el costo de hacer negocios con transparencia.

 

La presión fiscal es desmedida para las empresas. No se trata únicamente de los impuestos nacionales sino también de los departamentales y municipales. Existen restricciones de acceso (permisos, autorizaciones, requisitos mínimos etc.) importantes en muchos sectores de la economía. Por ello los costos de operación resultan cada vez más altos. Si a ello le sumamos la pobre infraestructura, la débil relación entre tecnología y empresa y el fracaso de la formación para el trabajo, tenemos un coctel de ineficiencia que no nos hace atractivos en estos tiempos de lento crecimiento donde las empresas buscan maximizar sus utilidades y reducir los riesgos de sus capitales.

 

Un elemento final que está jugando contra el país es la incertidumbre sobre el contenido de lo negociado en La Habana. Muchos empresarios saben que el post- conflicto será un período poco amigable para el sector privado que deberá pagar los costos de lo negociado y tendrá aún menos libertades porque el clima político se mueve hacia el populismo. Después de Chávez, Maduro, Kirchner, Correa, Evo, las multinacionales han aprendido que en América Latina todo es posible. El populismo es un mal regional que no logramos superar. Mientras muchos países destruidos por este fenómeno se alejan de las políticas demagógicas, en Colombia hay una fuerte corriente de opinión, encarnada por Gustavo Petro, que sostiene la necesidad de incrementar los subsidios y restringir la libertad empresarial.

 

Contrario a la autosatisfacción que muestra el gobierno con su manejo económico y las perspectivas de la paz, muchos empresarios están preocupados por el futuro incierto de Colombia, con un sistema tributario absurdo, costos ineficientes, ausencia de justicia y corrupción rampante. Por ello se van.