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Regalo sin trabajo

Dura fue la lucha de las centrales obreras por conseguir un salario mínimo que por lo menos cubriera las necesidades básicas de los trabajadores castigados a la vez por el aumento del costo de vida.

 

El mínimo quedó en 737.717 pesos mensuales, según decreto del gobierno porque los acuerdos buscados no llegaron a ninguna parte. Esto para quienes trabajan ocho horas diarias. Con ese salario deben pagar vivienda, servicios públicos, alimentación, vestido y todo lo que demanda una familia.

 

En cambio, quienes han delinquido, han asesinado al pueblo colombiano, han secuestrado adultos y niños para vincularlos a sus filas y niñas para tenerlas como juguete sexual, quienes han envenenado a la juventud del mundo con las drogas ilícitas reciben el premio de 72.000 pesos diarios para solo alimentación. Es decir, reciben 2.160.000 pesos mensuales para comer sin tener que pagar vivienda ni servicios ni nada de lo que el trabajador honesto debe pagar.

 

Se les pagará a los delincuentes 2,9 veces más que a los trabajadores honestos y esto para solo comida de los guerrilleros.

 

En la alcaldía tuvimos un programa con el Instituto Mi Río, llamado Parce, para darles trabajo a los jóvenes integrantes de las bandas delincuenciales. Era un trabajo físico, sacando basuras de las quebradas para evitar las inundaciones en la ciudad, era un trabajo remunerado con un salario mínimo que aceptaron esos jóvenes para dejar de delinquir. Fuimos criticados por ese programa, pero logramos sacar a muchos de la delincuencia, evitamos las inundaciones y se saneó en buena parte la ciudad.

 

Ahora es distinto, es un pago casi tres veces más alto que a los trabajadores honestos y que favorece a quienes no harán nada que le sirva al país. Es un verdadero premio a la delincuencia. Ser pillo sí paga.

 

Qué dirán quienes me critican, quienes me calumnian y mienten escondidos detrás de un seudónimo. Qué dirán aquellos que hablan de las tierras que conseguí en Urabá con lo que robé, según ellos, en el contrato del Metro que no firmé. Que digan en dónde están esas tierras, cuándo las compré o cuándo las vendí si es que no encuentran lo que no van a encontrar. Que digan, dando la cara, dónde están las tierras que, según ellos, tengo en Santa Fe de Antioquia y, si no las encuentran, cuándo las vendí y a quién.

 

No debería referirme a esos cobardes que no tienen el valor de dar la cara. Que no tienen un solo argumento para controvertir ideas, que se limitan a calumniar y a mentir como cualquiera de los delincuentes que defienden.

 

Razón tiene el ilustrado y docto columnista Juan David Escobar Valencia cuando afirma en su artículo del lunes anterior: “Pero insultar en el anonimato es de cobardes. Es una señal de su poquedad. De que su complejo de inferioridad es tan grave que no dan su nombre y apellido para que los demás no sepan lo que él o ella ya saben en privado”.

 

Espero que estos individuos anónimos, se den cuenta de que hoy no hablé de Juanpa (como le gusta que le digamos).