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Réplica al ministro Cristo

El dolor y la indignación que manifestamos los colombianos, a raíz del atroz acto de terrorismo cometido por las Farc contra miembros del Ejército de nuestra patria, no es la expresión de un propósito político indebido.

 

Se trata de un sentimiento compartido por la inmensa mayoría de ciudadanos, que está latente, y se manifiesta con intensidad cada vez que esa organización mancha con sangre el suelo de nuestro país.

 

Esa es una de las razones que explica que más del 80% de los encuestados se exprese, de manera constante, en los distintos sondeos de opinión que se hacen, a favor de que los culpables de delitos atroces sean castigados con cárcel.

 

Prácticamente todos queremos vivir en paz, transitar por las carreteras del país sin temores, y disfrutar la vida rural y urbana alejados de los peligros que nos acechan cuando merodean los criminales.

 

Es apenas natural, por lo tanto, que la violencia que hiere el alma nacional genere intensas expresiones de rechazo y condena.

 

Y, desde luego, cuando dichas expresiones delincuenciales se producen al mismo tiempo que se celebra un proceso de conversaciones en procura de alcanzar la paz, es inevitable que la gente tome posiciones y las exprese en forma legítima. Eso ha ocurrido siempre en nuestra historia.

 

Recuerde que situaciones como las que se padecieron esta semana condujeron a que se le pusiera fin a las negociaciones con la Coordinadora nacional guerrillera, durante la administración de César Gaviria, y a que el presidente Andrés Pastrana anunciara la terminación de los diálogos en el Caguán con las Farc.

 

De ahí que muchos hayamos señalado el riesgo y la inconveniencia de conversar en medio de las balas y las bombas, pues los acontecimientos del pasado demuestran que ese camino ha conducido, hasta ahora, a fracasos y frustraciones.

 

En el mismo orden de ideas hemos sido defensores de las acciones dirigidas a construir un escenario en el que resulte posible dialogar previo cese de las acciones criminales por parte, en este caso, de las Farc, con concentración y verificación experimentada y capaz.

 

Como es evidente, la posición que le menciono tiene origen en las lecciones que han dejado nuestras experiencias y busca contribuir a que, en virtud de la clara expresión de voluntad de reconciliación que una decisión de dicho grupo en ese sentido reflejaría, se puedan buscar y encontrar acuerdos sin que simultáneamente se atente contra la vida y la integridad de los colombianos.

 

En consecuencia, sorprende mucho escucharlo a usted decir, en momentos en los que condenamos hechos atroces y reiteramos nuestra posición, que las propuestas que se hacen buscan que el proceso se acabe.

 

Se equivoca, señor Ministro.

 

La historia nacional avala la conveniencia de lo que planteamos, las condiciones que permitieron el éxito de otros procesos en el pasado demuestran que es posible buscar la paz en marcos de funcionamiento de las mesas distintos a los actuales, y las frustraciones que se han presentado en el pretérito son la evidencia del error que representa volver a actuar en la misma forma en que ya se hizo y produjo fracasos.

 

Seguir dividiendo artificialmente a los colombianos entre amigos y enemigos de la paz es una inmensa equivocación, como también lo es actuar con la idea de que quien no piense igual al Gobierno es partidario de la guerra.

 

Los hechos siguen demostrando que todas las advertencias que se han hecho tienen una razón de ser cuya seriedad mal puede descalificarse en forma ligera.

 

Ese no es el camino, respetado Ministro.

 

Reciba esta réplica como la voz de un compatriota que, igual que usted, quiere la paz.