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Semana defiende al senador felón

A la revista Semana le parece normal que el senador Iván Cepeda Castro utilice su investidura para cometer delitos. El senador comunista comete un delito cuando va a las cárceles para forjar, mediante promesas y presiones, mentiras que el modulará hasta convertirlas en calumnias y luego en falsos documentos contra un ex presidente de la República. Le parece normal que después, con esas bases falsas, ese individuo le abra un debate “de control político” al ex presidente Álvaro Uribe Vélez.

 

La fabricación de pruebas falsas en Colombia constituye un delito penal. Ver lo que dice el código penal colombiano en su capítulo sobre la falsedad en documentos (artículos 286 al 296).

 

Cepeda habría cometido, para resumir, dos actos muy reprensibles: 1. Fabricar falsos testimonios en una o varias cárceles y 2. Deshonrar al parlamento montando un falso debate –pues sin pruebas serias—contra un ex presidente de la República.

 

Toda la fragilidad del sistema institucional colombiano, y la dejadez ética de ciertos medios de información, se ven allí expuestas en esa actuación del jefe del Polo. Lo que nos dice Semana es que el Congreso colombiano puede ser manipulado si un parlamentario de izquierda se le antoja manipularlo, si se empeña en abusar del tiempo y de la  buena fe de los legisladores a quienes engaña y lleva a un falso debate “de control político” diciendo que tiene “pruebas” contra un ex jefe de Estado que él detesta.

 

El entonces representante a la Cámara entró en contacto, el 26 de julio de 2012 y el 30 de mayo de 2013, con dos ex paramilitares para pedirles que declararan en contra del expresidente Uribe. Meses después, Cepeda Castro lanzó ante la representación nacional acusaciones sin base contra Uribe que cierta prensa difundió después, sin verificar nada, y que presentó como si fueran hechos probados.

 

Iván Cepeda premeditó bien su delito. Solapadamente se aprovechó de la fragilidad personal y civil de individuos que estaban detenidos o que han sido condenados por haber cometido delitos. A esos ex paramilitares –Ramiro de Jesús Henao Aguilar, alias Simón, y Gabriel Muñoz Ramírez, alias Castañeda–,  Cepeda les propuso un negocio: él les daría dinero, o intrigaría para que fueran cambiados de prisión, o haría que sus familias sean enviadas al extranjero, con los dineros públicos, si ellos aceptaban hacer declaraciones falsas contra el ex presidente Álvaro Uribe, hoy senador en ejercicio.

 

Esa conducta escandalosa fue investigada y verificada por la Procuraduría, como era su deber. Lo que sigue ahora es la sanción o la absolución. Sin embargo, el director de Semana estima que la acción disciplinaria que abrió la Procuraduría contra el senador comunista, es un acto “controvertido”. ¿Controvertido? ¿Controvertido por quién? Únicamente por el interesado y por una revista bogotana.  ¿En qué se basa Semana para decir, además, que la labor verificadora del Procurador “cayó mal en la opinión pública”?  Tal afirmación es una extrapolación gratuita, un puro acto de lavado de cerebro. Una buena parte de la opinión pública esperaba, por el contrario, que tal investigación fuera abierta.

 

El director de Semana lanza otro embuchado: dice que Iván Cepeda lo que hizo fue “expresarse libremente en el Capitolio”, y que montar debates para ajustar cuentas personales con otro senador “es un derecho de todo senador”. Falso. Lo que hizo Iván Cepeda fue, por el contrario, ir a mentir ante el Congreso. Fue a mentir y a calumniar. Su actitud no fue leal ni honrada. Fue al Capitolio a cometer un atraco moral, a burlarse de la dignidad de cada legislador y de cada víctima de sus miserables invenciones. Fue “a dar sus opiniones”, insiste la revista Semana, transformada en virulento abogado del controvertido parlamentario. Mentira. Una fabricación mentirosa jamás es una “opinión”.

 

Semana pretende justificar la conducta del senador cuestionado invocando una “sentencia de Carlos Gaviria” que hablaría de la “irresponsabilidad” de los congresistas. Según Semana ese texto dice esto: “El fin de la irresponsabilidad de los congresistas es que los representantes del pueblo puedan emitir de la manera más libre sus votos y opiniones, sin temor a que estos puedan ocasionar persecuciones judiciales”. Se ve que Semana le da a ese texto un alcance que no tiene. Este habla de votos y opiniones, no dice que los congresistas pueden utilizar en sus debates documentos falsos para respaldar sus argumentos. Ni en Colombia ni en ninguna otra democracia tal uso de documentos falsos es admisible.

 

Iván Cepeda no controvierte la acusación en sí, anunciada por la Procuraduría el pasado 20 de octubre. Sabe que de hacerlo le irá peor. Los testimonios de los paramilitares presionados por él en la cárcel de Itagüí son sólidos. Cepeda trata de impugnar al Procurador Alejandro Ordóñez por ser un alto funcionario de gran rectitud. Intenta a su vez venderles a sus amigos la idea de que lo que él, Iván Cepeda, hizo es justificable. Lo será para él y quizás para ellos, los amigos del senador felón, que traicionan las atribuciones del Congreso, pero no para los ciudadanos que respetan el derecho y que exigen que los debates parlamentarios, sobre todo los de “control político” tengan una base legítima y no viles imposturas, y que la prensa tenga enseguida la precaución de investigar lo que los avivatos  presentan como algo cierto, sin serlo.

 

Finalmente, Semana utiliza la técnica de la inversión cuando dice que “actuaciones como la de Ordóñez contra Cepeda dejan un mal sabor”. ¿Y qué sabor deja en el exquisito paladar del director de Semana las trampas abyectas del senador Cepeda? ¿Un sabor agradable?  Definitivamente la revista Semana vive moral y psicológicamente en un país que no es el nuestro, en un país otro donde el delito es premiado y el delincuente es protegido.