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Un estado mafioso

06 de diciembre de 2015. Sea lo que sea que ocurra en las elecciones de hoy en Venezuela, será una fecha histórica y un punto de inflexión. También un seis de diciembre, 17 años antes, Hugo Chávez, el teniente coronel golpista, ganaba las elecciones después de ser indultado. Casi dos décadas desastrosas en todos los frentes para el país hermano y para nosotros. La revolución socialista del siglo XXI solo ha dejado hediondez, violencia y ruina.

 

El Estado venezolano es un sistema autoritario que apenas mantiene una fachada con la realización de elecciones que, en todo caso, no son justas ni limpias. Peor, inició y exportó un modelo donde se llega al poder por vía electoral y después se desmonta el sistema democrático de manera metódica, mediante una combinación de cambios constitucionales, reelección indefinida del presidente, violación sistemática de los derechos políticos y civiles, mordaza y persecución de la prensa libre, cooptamiento de los otros poderes públicos por parte del ejecutivo, abuso de la justicia para machacar a los contradictores, fraude y control de la organización electoral, saqueo de los recursos públicos para la compra de los electores, construcción de inmensos aparatos de propaganda oficial, y politización de las fuerzas armadas.

 

Y mientras exportaba la revolución, quebraba la economía y aumentaba de manera sustantiva la pobreza. Como dice Gloria Álvarez con ironía, quieren tanto a los pobres que se han dedicado a multiplicarlos.

 

Para rematar, la revolución ahondó la fractura interna, agudizó el odio de clases y fomentó la delincuencia. Caminar en Caracas es mucho más peligroso que vivir, diga usted, en cualquier zona de Colombia donde aun persista el conflicto armado.

 

En esas condiciones, no es sorprendente que todas las encuestas, sin excepción, muestren que, por un lado, apenas entre un 20 y un 30 % de la población apoya la revolución y, por el otro, habrá un holgado triunfo de la oposición en las elecciones. Aunque el sistema electoral está manipulado para que los socialistas ganen más curules con menos votos (en el 2010 aunque la diferencia en votos fue del uno por ciento, recibieron 98 escaños, 33 más que la oposición), la oposición controlaría la asamblea legislativa.

 

De esta realidad surgen dos miedos: la oposición teme el fraude. Este es posible porque el sistema de voto electrónico implantado en Venezuela no usa papeleta física y por tanto impide el recuento material de los votos, porque el consejo electoral venezolano está en manos del oficialismo, y porque en Cuba hay un mecanismo remoto de control del sistema informático electoral venezolano. Pero si la votación es copiosa, por muchos trucos que se hagan, el fraude quedará en evidencia y la naturaleza autoritaria del régimen perderá su camuflaje y estará expuesta.

 

El Gobierno, por su lado, teme el impacto de la derrota. Y por eso viene apretando con puño de hierro desde hace ya meses: inhabilitación política, encarcelamiento, violencia física y asesinato de los jefes de la oposición, cierre de la frontera con Colombia, imposición del estado de excepción. Las declaraciones amenazantes de Maduro reflejan el pánico: anuncia que la revolución debe triunfar “porque si no, nos vamos para la calle, y en la calle nosotros somos candela” y agrega que no “entregará la revolución” y que de perder “gobernaría con el pueblo… y en unión cívico militar”. La revolución se quedará “cueste lo que cueste, como sea”. En otras palabras, no aceptarán la derrota.

 

Y sí, los socialistas del siglo XXI no entregarán el poder. No pueden hacerlo. Pero no por proteger la “revolución”, sino porque tras la fachada revolucionaria no hay sino una caterva de bandidos, mafiosos en el sentido literal de la palabra, que no solo han entrado a saco en el erario público sino que han usado el aparato estatal para el contrabando y el trafico de drogas. Esa criminal casta político militar no entregará el poder porque sabe que termina tras los barrotes. Esa es la tragedia de Venezuela. Y la nuestra.