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Un regalo del cielo

No pocas veces los caricaturistas expresan, con mayor precisión y seriedad que el resto de sus conciudadanos, el fondo de los más complejos asuntos. Como acaba de suceder con la visita a Oslo de nuestro felón insigne, para ser condecorado con una presea que, comprada o regalada, igual da, era en todo caso inmerecida.

 

Matador, en El Tiempo, desnudó la verdad verdadera. Un encopetado interlocutor le espeta a Santos: “Vaya, tiene el Nobel… Ahora falta la paz”. Y el mequetrefe responde orondo: “Eso lo llamamos, realismo mágico”.

 

Osuna, en El Espectador, también va directo al grano. Kaci Kullman Five, coordinadora del Comité noruego que otorga el Nobel de Paz, se dirige a la audiencia congregada en la ceremonia y le explica: “Derrotado en plebiscito, no se dejó vencer por la voluntad popular…, fue entonces cuando Noruega vino en su apoyo…”.

 

El galardonado, que no es caricaturista, ni humorista, ni escritor, ni nada bueno que valga la pena, pero que tiene bien ganada fama de conspirador, tuvo sin embargo un instante de lucidez y a la misma audiencia atónita le confesó lo que significó para él el Nobel, luego de la desgracia que acarreó el resultado del plebiscito: “esta noticia llegó como un regalo del cielo”.

 

Fue una dádiva, un regalo. No un reconocimiento. O sea: no se merecía, pero se necesitaba. Entregado como salvavidas para salir del lodazal de su propia inmundicia, amasada en seis años de intrigas y ardides, que el pueblo colombiano, en un acto de dignidad y valor desechó mayoritariamente. Por otra parte, el interés era mutuo. Noruega, copartícipe de las tratativas con las Farc, tenía que buscar cómo sacar a flote el barco que naufragaba. Por eso el “regalo” no vino del cielo, sino de Oslo.

 

Recibido el “regalo”, había que aprovecharlo para truncar la voluntad popular, expresada el 2 de octubre. Y así se hizo. Vino entonces el teatro de oír a los vencedores del plebiscito y aparentar tenerlos en cuenta, solo para ganar tiempo y presentar luego un mamotreto más extenso que el original, dizque “nuevo” solo porque se le colocó un poco de estuco para resanar algunas grietas muy visibles, que un Congreso obsecuente corrió a avalar a las volandas con una simple moción de aplauso. A trompicones el Nobel le torció el cuello a la Carta y fingió una “refrendación” sui generis, con tan ilegítimo mecanismo, poniendo a 75 paniaguados a desconocer a seis millones y medio de votantes. El “regalo” le permitió esas trapisondas, de modo que cuando llegó a Oslo pudo exclamar con alivio: “¡Llegamos a puerto!”.

 

Solo faltaba, para terminar de derrumbar el veredicto de las urnas, el pronunciamiento de la Corte Constitucional. Desde antes de viajar a Noruega Santos empezó a dictarle órdenes al alto tribunal, con el eficaz concurso de los narcoterroristas, y no cejó en su andanada aún en el país escandinavo. El asunto a decidir era, según el presidente, no que el Acto Legislativo para la Paz fuera congruente con el ordenamiento constitucional; eso le tenía sin cuidado. Lo que los magistrados debían decidir era si se desataba un nuevo vendaval de actos terroristas con una eventual negativa.

 

Una Corte cortesana y sin carácter obedeció sin rechistar. Su fallo es un monumento a la hipocresía y a la malevolencia. Empezando porque, sin que fuera objeto de la demanda que examinaba, dictaminó que la “refrendación popular” puede ser una decisión del Congreso que desconozca la tomada por el pueblo soberano en el plebiscito. La mayor aberración antidemocrática que pueda concebirse. Ocho perjuros autorizaron a otros setenta y pico fariseos a desconocer la decisión de seis y medio millones de ciudadanos.

 

Dispuso también la CC que el “fast track” -explícitamente derogado en el plebiscito- dizque no ha sustituido a la Constitución ni está muerto, sino que goza de vigor y lozanía. Las Farc tienen desbrozado el camino para su asalto “legítimo” al poder. Nada podrá el presidente presentar al legislativo que no tenga el visto bueno de la ultra-poderosa “Comisión de seguimiento e Implementación” (CSIV). Nada podrá tampoco agregar ni modificar el parlamento. Y nada podrá decretar el presidente distinto a lo que las Farc dispongan, que a eso quedan reducidas sus “facultades extraordinarias”.

 

Además, todo se cumplirá en un santiamén. No había leído la presidente de la Corte su comunicado el martes, cuando ya el gobierno estaba radicando en el Congreso el proyecto de ley de amnistía e indulto. Los medios nos anuncian que en seguida se radicarán los otros proyectos claves: el de la JEP; el que establece que el acuerdo es de obligatorio cumplimiento para todo el mundo; y el que crea un aparato de investigación y persecución a los “enemigos de la paz”, bajo el pretexto de luchar contra el paramilitarismo.

 

O sea, sin desarmarse, sin siquiera concentrarse, las Farc ya contarán con indulto y amnistía, una justicia para oficializar su impunidad y a la vez perseguir a quienes ellos señalen, y un aparato de policía política destinado a destrozar a sus enemigos. Y viene una oleada de más de 50 leyes y reformas a la Carta con un trámite exprés. Ya se sabe que la redacción del estatuto de la oposición y la reforma política van muy adelante, en cónclaves entre los partidos del gobierno y grupos para-mamertos como la Marcha Patriótica. Y que la semana entrante llegarán voceros de las Farc para supervisar al Congreso. En cuatro meses, mal contados, tendremos un nuevo marco constitucional y legal como soporte de la “transición” anunciada por alias Timochenko.

 

Ya seguro del éxito de su coartada, después de anunciar en Oslo que la última “guerra” del hemisferio “ha terminado”, se sinceró en el parlamento sueco y reveló el fondo real de su alma torcida: "Aprendí la lección: no debes someter a referendo algo que no necesitas hacerlo". Sobre todo, para perder. Al diablo con consultas al pueblo. Yo hago “lo que me dé la gana” y punto.

 

Pero no siempre los regalos del cielo, como el maná de los israelitas en el desierto, duran cuatro o más décadas. Aunque la voluntad de Dios es inescrutable, se presume que es justiciera. Y en este caso, si brilla la justicia, todo augura que sus dones serán más que pasajeros.

 

El Eln asesinó ayer dos policías. Casi la mitad de las Farc hicieron rancho aparte, para preservar y disfrutar sus negocios ilícitos sin incómodos controles gubernamentales. Entre sus jefes, delegados que venían de La Habana. Triplicaron cultivos de coca en estos años y llenaron sus faltriqueras, con complacencia oficial, y ahora se le escurren al acuerdo. Tan grave la burla, que el badulaque del ministro de defensa tuvo que declararlos ayer objetivos de alto valor, y dar la orden de batalla a las fuerzas militares. La “guerra” terminada hacía unos días, estaba más viva que nunca.

 

Así son los regalos del cielo. Dios me los dio, Dios me los quitó.