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VICEPRESIDENTE HABLÓ EN CUMBRE DE LA TIERRA EN JOHANNESBURGO

VICEPRESIDENTE HABLÓ EN CUMBRE DE LA TIERRA EN JOHANNESBURGO

Bogotá, 02 de Septiembre. (CNE) Las siguientes son las Palabras del Sr Vicepresidente de Colombia, doctor Francisco Santos Calderón, en la CUMBRE MUNDIAL SOBRE DESARROLLO SOSTENIBLE Johanesburgo, septiembre 2 de 2002

"A esta cumbre, una de las más grandes del mundo, asisten 60 mil personas entre delegaciones y otros participantes. Esta cifra iguala la cantidad de personas que han sido asesinadas en Colombia tan sólo durante los últimos dos años. Mi país sería distinto y mejor si no hubiera padecido durante más de dos décadas las consecuencias del problema mundial de las drogas ilícitas. Sería más seguro, más gobernable y ciertamente más verde. El narcotráfico es la causa principal de nuestros mayores problemas: de la grave disolución de las fronteras entre lo legal y lo ilegal que afecta a tantos colombianos actualmente.

También ha ocasionado un pavoroso ascenso de la violencia, de la criminalidad y una inquietante pauperización del respeto por la vida, la propiedad, la ley y el medio ambiente. Mucho antes de que a través de los terribles sucesos del 11 de septiembre del 2001 el mundo comprendiera los nexos existentes entre narcotráfico y terrorismo, los colombianos ya conocíamos y padecíamos las consecuencias de esa terrible alianza, que explica la acritud y singularidad de nuestro conflicto interno. Como ustedes saben, las FARC, los paramilitares y el ELN tienen en el narcotráfico una de sus principales fuentes de financiación. El resultado más lamentable de esta mezcla de violencias es que durante los últimos años Colombia registra un promedio de 30 mil homicidios y más de 3.000 secuestros por año. Asimismo, los daños que estas organizaciones criminales realizan contra el medio ambiente son de igual tamaño.

Los narcotraficantes y los grupos violentos que se financian con este negocio ilícito han concentrado su actividad en ecosistemas sensibles de gran importancia ambiental: bosques de niebla para la amapola y selvas de la Orinoquía y la Amazonía para la coca. Son parte de la zona más importante que tiene el mundo para producir agua, regular CO2 y así mantener el balance de las emisiones del planeta. Además, estas regiones se caracterizan por ser de las más ricas en diversidad biológica del mundo. Los estudios más recientes señalan que para plantar una hectárea de coca destruyen 4 de selva y para una de amapola 2.5 de bosque andino.

En ese proceso se queman 380 kilogramos de biomasa por hectárea. Entre 1990 y el 2000 deforestaron 1.361.000 hectáreas de bosque húmedo tropical. Esta extensión es 1,52 veces el área del Parque Nacional Yellowstone en Estados Unidos. A esto hay que agregar que los cultivos ilícitos de plantas narcóticas utilizan una amplia gama de insecticidas, herbicidas y funguicidas, mortales para los bioma debido a su alto contenido tóxico. Se calcula que tan sólo en el año 2000 emplearon 4,5 millones de litros de este tipo de químicos. Habilidosamente, individuos y grupos vinculados a esta actividad ilícita tratan de orientar el debate hacia la aspersión, pasando por alto entre otras cosas que ellos emplean en sus cultivos herbicidas e insecticidas tan tóxicos como el Paraquat, el Clordano, el 2,4 D y el Endosulfon, todos de grado tóxico 1 según la OMS.

Al transformar la hoja de coca en cocaína y el látex de la amapola en heroína, usan solventes, ácidos y bases cuyos residuos arrojan a las corrientes de agua con lo cual alteran el normal funcionamiento de los ecosistemas acuáticos, particularmente los ciclos biológicos y la existencia misma de su fauna. Para terminar este inventario de calamidades hay que agregar la pesadilla ambiental que resulta la voladura de oleoductos por parte de los grupos terroristas. En poco más de 10 años de atentados contra la red de oleoductos han afectado 2.600 kilómetros de ríos y quebradas con derrames de crudo que equivalen a ocho veces el Exxon Valdez.

Por eso, en defensa de la democracia, de la vida y la salud de sus habitantes, y de una inmensa reserva natural que constituye un patrimonio invaluable para la humanidad, Colombia pide al mundo determinación y voluntad política para acometer de inmediato, un avance contundente y sin antecedentes en el control de la demanda y la producción de narcóticos que hoy financian poderosas organizaciones terroristas.

Esta persecución seria y decidida al narcotráfico debe ser integral. Debe incluir el lavado de activos, el comercio de precursores químicos y la restricción del mercado de armas, actividades de las que el mundo desarrollado se lucra y por ende muchas veces no hace el esfuerzo suficiente y necesario. En ese mismo sentido, me uno a las voces de quienes como Ian Johnson, vicepresidente del Banco Mundial, han pedido en este evento el fin de los subsidios agrícolas en los países más avanzados. Hay que darle una oportunidad a los miles de mujeres y hombres que están atrapados por las organizaciones criminales, en el cultivo y producción de drogas ilícitas, para que puedan orientar su actividad a productos lícitos. La viabilidad económica de este propósito depende en buena parte de la eliminación de las barreras arancelarias y no arancelarias que actualmente dificultan su ingreso a los mercados del mundo desarrollado.

No obstante las enormes dificultades generadas por el conflicto interno Colombia ha respondido a cabalidad con los compromisos adquiridos en la Cumbre de la Tierra, realizada hace una década. El país continua consolidando el proceso de reconocimiento de los derechos culturales y territoriales de los pueblos indígenas. Los resguardos de las poblaciones indígenas de origen precolombino y las propiedades colectivas de las comunidades negras representan hoy el 27% de territorio nacional. Y tenemos un 10 % más en parques naturales. En estos territorios se concentra buena parte de la mejor oferta ambiental del país.

Son logros que se encuentran hoy amenazados por los violentos, pero que el gobierno y las comunidades están defendiendo y requieren de la solidaridad internacional. En la última década hemos también desarrollado diversos programas de conservación y recuperación ambiental. Basta mencionar que se ha adelantado un programa de reforestación comunitaria para proteger las cuencas hidrográficas que alimentan los acueductos municipales, en el cual se han intervenido cerca de 150.000 hectáreas. El nuevo gobierno se ha fijado como una de sus prioridades realizar un programa de reforestación y restauración de los ecosistemas boscosos que multiplique esta experiencia, sirva para sustituir los cultivos ilícitos y ofrezca una oportunidad de trabajo a las miles de familias desplazadas por el conflicto interno.

En el campo urbano, Bogotá ofrece hoy lecciones relevantes en materia del desarrollo sostenible. La labor pedágogica del día sin carro llevó a que sus ciudadanos decidieran para el año 2.015 restringir todo vehículo privado de las calles durantes las horas de mayor circulación. Esas son las paradojas de un país que ahora enfrenta un reto y una obligación con la humanidad. Hay que destruir los cultivos ilegales que hoy acaban con el pulmón del mundo y amenazan seriamente la democracia colombiana. No seremos inferiores a este reto pero necesitamos de la solidaridad y el compromiso real y efectivo del mundo. No pedimos nada más, pero tampoco nada menos".

 

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VICEPRESIDENTE HABLÓ EN CUMBRE DE LA TIERRA EN JOHANNESBURGO

Bogotá, 02 de Septiembre. (CNE) Las siguientes son las Palabras del Sr Vicepresidente de Colombia, doctor Francisco Santos Calderón, en la CUMBRE MUNDIAL SOBRE DESARROLLO SOSTENIBLE Johanesburgo, septiembre 2 de 2002

"A esta cumbre, una de las más grandes del mundo, asisten 60 mil personas entre delegaciones y otros participantes. Esta cifra iguala la cantidad de personas que han sido asesinadas en Colombia tan sólo durante los últimos dos años. Mi país sería distinto y mejor si no hubiera padecido durante más de dos décadas las consecuencias del problema mundial de las drogas ilícitas. Sería más seguro, más gobernable y ciertamente más verde. El narcotráfico es la causa principal de nuestros mayores problemas: de la grave disolución de las fronteras entre lo legal y lo ilegal que afecta a tantos colombianos actualmente.

También ha ocasionado un pavoroso ascenso de la violencia, de la criminalidad y una inquietante pauperización del respeto por la vida, la propiedad, la ley y el medio ambiente. Mucho antes de que a través de los terribles sucesos del 11 de septiembre del 2001 el mundo comprendiera los nexos existentes entre narcotráfico y terrorismo, los colombianos ya conocíamos y padecíamos las consecuencias de esa terrible alianza, que explica la acritud y singularidad de nuestro conflicto interno. Como ustedes saben, las FARC, los paramilitares y el ELN tienen en el narcotráfico una de sus principales fuentes de financiación. El resultado más lamentable de esta mezcla de violencias es que durante los últimos años Colombia registra un promedio de 30 mil homicidios y más de 3.000 secuestros por año. Asimismo, los daños que estas organizaciones criminales realizan contra el medio ambiente son de igual tamaño.

Los narcotraficantes y los grupos violentos que se financian con este negocio ilícito han concentrado su actividad en ecosistemas sensibles de gran importancia ambiental: bosques de niebla para la amapola y selvas de la Orinoquía y la Amazonía para la coca. Son parte de la zona más importante que tiene el mundo para producir agua, regular CO2 y así mantener el balance de las emisiones del planeta. Además, estas regiones se caracterizan por ser de las más ricas en diversidad biológica del mundo. Los estudios más recientes señalan que para plantar una hectárea de coca destruyen 4 de selva y para una de amapola 2.5 de bosque andino.

En ese proceso se queman 380 kilogramos de biomasa por hectárea. Entre 1990 y el 2000 deforestaron 1.361.000 hectáreas de bosque húmedo tropical. Esta extensión es 1,52 veces el área del Parque Nacional Yellowstone en Estados Unidos. A esto hay que agregar que los cultivos ilícitos de plantas narcóticas utilizan una amplia gama de insecticidas, herbicidas y funguicidas, mortales para los bioma debido a su alto contenido tóxico. Se calcula que tan sólo en el año 2000 emplearon 4,5 millones de litros de este tipo de químicos. Habilidosamente, individuos y grupos vinculados a esta actividad ilícita tratan de orientar el debate hacia la aspersión, pasando por alto entre otras cosas que ellos emplean en sus cultivos herbicidas e insecticidas tan tóxicos como el Paraquat, el Clordano, el 2,4 D y el Endosulfon, todos de grado tóxico 1 según la OMS.

Al transformar la hoja de coca en cocaína y el látex de la amapola en heroína, usan solventes, ácidos y bases cuyos residuos arrojan a las corrientes de agua con lo cual alteran el normal funcionamiento de los ecosistemas acuáticos, particularmente los ciclos biológicos y la existencia misma de su fauna. Para terminar este inventario de calamidades hay que agregar la pesadilla ambiental que resulta la voladura de oleoductos por parte de los grupos terroristas. En poco más de 10 años de atentados contra la red de oleoductos han afectado 2.600 kilómetros de ríos y quebradas con derrames de crudo que equivalen a ocho veces el Exxon Valdez.

Por eso, en defensa de la democracia, de la vida y la salud de sus habitantes, y de una inmensa reserva natural que constituye un patrimonio invaluable para la humanidad, Colombia pide al mundo determinación y voluntad política para acometer de inmediato, un avance contundente y sin antecedentes en el control de la demanda y la producción de narcóticos que hoy financian poderosas organizaciones terroristas.

Esta persecución seria y decidida al narcotráfico debe ser integral. Debe incluir el lavado de activos, el comercio de precursores químicos y la restricción del mercado de armas, actividades de las que el mundo desarrollado se lucra y por ende muchas veces no hace el esfuerzo suficiente y necesario. En ese mismo sentido, me uno a las voces de quienes como Ian Johnson, vicepresidente del Banco Mundial, han pedido en este evento el fin de los subsidios agrícolas en los países más avanzados. Hay que darle una oportunidad a los miles de mujeres y hombres que están atrapados por las organizaciones criminales, en el cultivo y producción de drogas ilícitas, para que puedan orientar su actividad a productos lícitos. La viabilidad económica de este propósito depende en buena parte de la eliminación de las barreras arancelarias y no arancelarias que actualmente dificultan su ingreso a los mercados del mundo desarrollado.

No obstante las enormes dificultades generadas por el conflicto interno Colombia ha respondido a cabalidad con los compromisos adquiridos en la Cumbre de la Tierra, realizada hace una década. El país continua consolidando el proceso de reconocimiento de los derechos culturales y territoriales de los pueblos indígenas. Los resguardos de las poblaciones indígenas de origen precolombino y las propiedades colectivas de las comunidades negras representan hoy el 27% de territorio nacional. Y tenemos un 10 % más en parques naturales. En estos territorios se concentra buena parte de la mejor oferta ambiental del país.

Son logros que se encuentran hoy amenazados por los violentos, pero que el gobierno y las comunidades están defendiendo y requieren de la solidaridad internacional. En la última década hemos también desarrollado diversos programas de conservación y recuperación ambiental. Basta mencionar que se ha adelantado un programa de reforestación comunitaria para proteger las cuencas hidrográficas que alimentan los acueductos municipales, en el cual se han intervenido cerca de 150.000 hectáreas. El nuevo gobierno se ha fijado como una de sus prioridades realizar un programa de reforestación y restauración de los ecosistemas boscosos que multiplique esta experiencia, sirva para sustituir los cultivos ilícitos y ofrezca una oportunidad de trabajo a las miles de familias desplazadas por el conflicto interno.

En el campo urbano, Bogotá ofrece hoy lecciones relevantes en materia del desarrollo sostenible. La labor pedágogica del día sin carro llevó a que sus ciudadanos decidieran para el año 2.015 restringir todo vehículo privado de las calles durantes las horas de mayor circulación. Esas son las paradojas de un país que ahora enfrenta un reto y una obligación con la humanidad. Hay que destruir los cultivos ilegales que hoy acaban con el pulmón del mundo y amenazan seriamente la democracia colombiana. No seremos inferiores a este reto pero necesitamos de la solidaridad y el compromiso real y efectivo del mundo. No pedimos nada más, pero tampoco nada menos".