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Votar NO en el plebiscito

Finalmente se aprobó el remedo de plebiscito en el Congreso, con la vergonzosa cifra del 13% del censo electoral para su aprobación. Como siempre, no se sabe qué se va a preguntar, aunque se especula que una falacia como la de si usted está de acuerdo con la paz o no.

 

Como sea, nadie está en desacuerdo con la paz, pero es lícito no admitir, a nombre de esta, la entrega del país a través de los ahora llamados “territorios de paz” -el nuevo nombre de las reservas campesinas- autónomos y sin presencia de las autoridades civiles y militares colombianas; creando tantos como frentes tienen, balcanizando el país, es decir, reviviendo las “repúblicas independientes”, manejadas mediante el poder “bolchevique” que tuvieron las Farc en los sesentas y cuya eliminación causó su ira. Ni se tiene por qué aceptar el desmonte del ejército, como lo están haciendo con las Fuerzas de Tera, como Omega, que tantos frutos ha dado en el sometimiento a terroristas.

 

Tampoco, los colombianos estamos obligados al otorgamiento de impunidad a criminales que han cometido crímenes de guerra y de lesa humanidad, como los realizados por el llamado ‘carnicero de las Farc’, que según noticias, enseñaba anatomía con los cuerpos destrozados de jóvenes guerrilleras y practicó más de 500 abortos forzados a las mujeres que, luego de ser usadas como objetos sexuales obligados como una “contribución a la revolución”, dos días a la semana, quedaban embarazadas, según han publicado algunos medios en estos días; o de los asesinos de Bojayá o El Nogal; o de los perpetradores de más de diez mil secuestros; o de los responsables mayores del desplazamiento en Colombia; o de los destructores del medio ambiente y de la infraestructura, y un largo etc.

 

Ni tenemos por qué aceptar el narcotráfico, nuestra conversión en un narco estado, como viene ocurriendo con el crecimiento de los cultivos de coca y la producción del alcaloide, como dádiva a la guerrilla y las Bacrim; ni la minería ilegal y el lavado de las inmensas fortunas de las Farc que no serán tocadas para reparar sus crímenes.

 

Una paz duradera es el resultado de una solución justa, que pueda ser aceptada por la inmensa mayoría de los colombianos. La justicia es el principal de los valores sociales. Si los colombianos del común se sienten atropellados por un acuerdo que sólo beneficia a los victimarios y destroza las instituciones democráticas en lugar de fortalecerlas, cualquier cosa que se firme, no los representa ni compromete. La historia nacional está plagada de declaratorias de paz que han excluido a importantes sectores de la población, y el resultado ha sido más violencia.

 

Una paz impuesta no es, entonces, la solución, sino el agravamiento del enfrentamiento político. La paz que buscamos es aquella que no acabe con la democracia, que no fragmente el territorio, que les permita hacer política y reintegrse a la sociedad a los guerrilleros que no han cometido crímenes de guerra y de lesa humanidad, que module las penas de prisión, e incluso las rebaje ostensiblemente, a quienes resulten responsables de dichos delitos; que obligue a esta guerrilla a pedir perdón de verdad y a reparar a sus víctimas; que no acabe con la Fuerza Pública, sino que la vigorice para defender la soberanía nacional en los planos interno y externo.

 

Eso lo saben los colombianos, quiénes en su mayoría -a pesar de las campañas nazi stalinistas de lavado de cerebro y de mentiras, de la mermelada a raudales en un país que el gobierno está quebrando, de las amenazas y las descalificaciones a quienes osan criticar el andamiaje oficial del cogobierno que tiene el país- descalifican a Santos y no creen en la buena fe de la guerrilla. Así lo señalan tozudamente las encuestas, mes tras mes.

 

Por este tipo de consideraciones, los colombianos deberíamos votar NO por el acuerdo en el plebiscito. Si logramos la mayoría, el régimen quedará en el peor de los mundos posibles y tendrá que escuchar el clamor de los colombianos. Si, como resultado de la campaña fascista leninista de propaganda, basada en la mentira y la compra de conciencias, Santos llegase a ganar, una gran votación rechazando el mencionado acuerdo, dejaría tocado al presidente, porque le faltaría la legitimidad del consenso nacional.

 

Ahora bien, puede ocurrir que, viendo el rechazo de los colombianos a su negociación, Santos opte por no hacer refrendación alguna, ni siquiera la de este plebiscito espurio, como le han aconsejado algunos de sus asesores. En ese escenario, la radicalización del pueblo contra el pacto abriría las puertas a otras formas de rechazo contundentes, pacíficas y dentro del respeto a la Constitución y las leyes. Bajo estas premisas, la aprobación de una Constituyente corporativa, compuesta de sindicaos, asociaciones, grupos de toda índole, que obedecen a las Farc (radicalmente distinta a una constituyente democrática), como estas lo vienen exigiendo insistentemente, sería resistida masivamente por los ciudadanos, haciendo uso de sus derechos políticos en el marco de estado democrático de derecho.